Genealogies
Nuestra familia es como los árboles. Un tronco, ramas y raíces que se bifurcan, por varias generaciones. Photo and text by María Dolores Bolívar.
How do we trace our roots? Can we envision our long stretch into the heights? Our traveling nature turns us into those desert tumbleweeds, catching up earth and debris while spreading their seeds and blooming, aimlessly, after those rare desert storms. To trace our ascending lines, from this continent, carrying the name that points to our (dis)affinities is already an impossible task. Whether we take on towards the boats, in our maritime paths -to Cantabria and Guipúzcoa-, or to the millenary antiquity of our Toltec and Mexica genesis. ¿En dónde echamos raíces? ¿Hacia qué cielos se extienden nuestras ramas? Nuestra naturaleza viajera nos vuelve más como esas rodadoras del desierto que amasan hojas, tierra, desecho y ruedan y ruedan, sin rumbo, repartiendo sus semillas y floreciendo, en las de por sí escasas lluvias del desierto. Buscar nuestras líneas ascendentes, desde este continente en cuyo nombre ya inician las (des)afinidades, es una tarea casi imposible. Ya sea que tiremos hacia los barcos y nuestras rutas marinas -hasta Cantabria y Guipúzcoa-, o hacia las entrañas y antigüedad milenaria de nuestra génesis Tolteca y Mexica.
Impresión mínima…
Doña Manuelita Zamacona
génesis y destino de los retratos
Las palabras de aquel hombre, el único que Manuelita conoció, además de sus confesores, padre y hermanos, la hacían estremecerse. […] se dedicó a escucharlo. Le hablaba de la revolución francesa y de la ilustración, le contó que en otros países se habían sacudido a la corona. Ya a punto de terminar el retrato que parsimoniosamente compuso para ella, se atrevió por fin a preguntarle su nombre y a pedirle que le prestara algunos libros.
—Mi nombre de lucha es —dijo blandiendo su pincel como si fuese una espada. —Leonardo y, usted, mi dama, no debe divulgar nada de cuanto hablamos. Le dejaré mis claves secretas sobre el lienzo para que recuerde esta máxima, cuando requiera de proceder sin ser vista.
De aquellas pláticas con Manuelita, en efecto, no se supo casi nada. El hermetismo con que se condujo la monja hasta su muerte no dio pie a dudas al respecto. Y aquel pintor, que desapareció de sus vidas al concluir su misión artística, reapareció en la ciudad, años más tarde, de miembro de una célula de independentistas.
Para colocar el cuadro, se decidieron por el pasillo principal, y eligieron, a sugerencia del artista, un ángulo de poca luz, apenas modificado por la presencia de un espejo, también de cuerpo entero, que pendía de un recodo, a punto de doblar, yendo hacia las recamaras, desde la estancia. Lo hicieron para resaltar el brillo de los hábitos blancos, lo que jugaba con la ilusión de quien lo observaba, haciéndolo parecer más real. Manuelita se mostró azorada al ver por primera vez su retrato, en aquella pared, sintiendo que quien se revelaba era otra, idéntica a ella, mirándola fijo, frente a frente.