Local Travels

My favorite verb is to walk.

My favorite verb is to walk.

I am a natural traveler.

I can spend the rest of my life traveling locally. Everywhere I go there is something to see, at walking distance, provided you do not pick to live in a todays’ isolated suburbs. You’ve probably guessed I do not like walls, gates, fences. I like the openness of space and being able to visit a new place, just to check it out and sense how people live and what the landscape has to offer.

Most towns have a local store, a restaurant or many, museums (at least one), galleries, and monuments to photograph.

Community museums are the best part of my travels. I love to record the existence of personal or private collections. From the end of year 2013 to the end of 2016 I wrote for a local journal in Spanish about the county of Riverside. I walked every city in that county, inch by inch. To realize I had lived in San Diego nearly three quarters of my life and never set foot into most of Riverside’s landmarks gave me the shivers.

I made up the time lost. I snooped everywhere. I had an average of three stories a week to share, via Enlace, the name of the supplement I contributed my writing to. A lot of those articles can be read through the San Diego Union platform. They were fun to write and fun to research. One aspect I love about the experience is getting to know those members of the community who carry the burden of keeping community museums alive. Quite a task for which they seldom get any reward!

How a rained street became the subject of this picture is a story in and of itself. Look at the wet pavement, the Eucalyptus bark, the sparkling surface. Now close your eyes and imagine the smells, the breezy sense of humidity that the rain leaves behind. And this was happening in the midst of a seven-year drought where California was beginning to see lakes dry out, (Perris Reservoir) and dams reach their lowest levels ever (Diamond Valley Lake).

 

El viejo Vosburg y el crucero de los cinco puntos

 

“Debió dejar caídos
sus pequeños orgullos
y elevar con hombres una cúpula,
erigir entre todos
el orden
y compartir la sencillez metálica
de las inexorables estructuras.”

Oda al Edificio de Pablo Neruda

 

La octogenaria Betty Jo Dunham, directora del Museo de la Sociedad Histórica, que creció en el cuadro principal de la ciudad, me acompañó en 2015 al crucero en forma de estrella, que los lugareños motejan, los cinco puntos, donde confluyen el bulevar Ramona, la avenida San Jacinto y la calle Main. Me señaló su casa paterna, todavía en pie, y fuimos juntas hasta el borde más estrecho del cascarón abandonado de lo que fuera el hotel Vosburg, pieza central de San Jacinto, donde pude ver de cerca la recepción, aunque ya sin su mostrador de madera y su campana. El trazo de las calles, dispuesto para sitios glamorosos como L’Etoile de París, atrapó a la estructura desnuda, de isla e imán de todas las miradas.

En la pared lateral de la farmacia Rexall, en la contra esquina oeste, la alcaldía instaló en 1988, murales del centro antiguo. El gesto celebraba los cien años de la ciudad, ignorando tanto su pasado mexicano como la herencia de los Cahuillas, sus primeros habitantes. Las imágenes, que habían perdido su color, parecían reflejar las construcciones victorianas reales, deslavadas y ruinosas. Y, contiguos a la farmacia, eternizada en la película Lassie, una licorería y un mercado de productos mexicanos ejemplificaban los nuevos aires de la zona, hoy habitada por hispanos que compensan el éxodo de las poblaciones blancas que se fueron a los suburbios y a otros estados.


José Gómez, me sorprendió, mientras observábamos ambos los muros exteriores, de espaldas a las montañas, sobre la vía exprés, donde los coches transitan como ráfagas.  

-Aquí espantan, me advirtió lacónico.


Pero no se refería a la criminalidad de la zona, sino a presencias que juró ver atravesar las tapias. Escéptica, me escuché comentar, para salir del tema, “si tuviera un millón de dólares restauraría este edificio.”  Creí que no me oyó, por la estela ruidosa de un camión que nos dejó aturdidos, pero luego de una risita que no pudo contener, declaró,

-Si yo tuviera un millón de dólares, me iría para siempre de San Jacinto.


El último comprador del histórico predio debió abrigar el sueño de devolverle al Vosburg un poco de su gloria, convirtiéndolo en consultorios, pero la propiedad que dejó a medio restaurar, ahora pintada de gris, no despertó entusiasmo entre quienes se irían, como José, si tuvieran los medios.


La sociedad histórica conserva el letrero de neón que eternizó, en postales y películas, la fachada iluminada de sus años boyantes. Colecciona, también, detalles como bisagras, aldabas, manijas y trozos de moldura de los porches, que dan fe de su estilo y “sus pequeños orgullos”. Y cada vez son menos los viejos que, como Dunham, rememoran el crujir de sus blancos almidonados, las chimeneas humeantes y los cómodos sillones de cuero.


La familia inglesa capitaneada por Thomas y Jane Farmer llegó a San Jacinto en su primer tren, en 1888, cuando la población de la ciudad no alcanzaba los 800 habitantes. No bien pisaron el anden conocieron las tolvaneras con que los vientos Santa Anna golpean al chaparral, especialmente en septiembre, el mes de su llegada y uno de los más calurosos del año, con temperaturas que alcanzan los 100 grados. Su enganchador, hermano de Thomas, los había engañado.


El que fuera en sus orígenes Farmer House, más que negocio familiar fue su salvavidas. Annie, hija de Farmer, casada luego con otro inmigrante recién llegado, William Vosburg, decoró los cuartos y el vestíbulo; Jane dirigía la cocina y el servicio y Thomas ofrecía su carruaje de caballos, a pasajeros de la estación, algunos de los cuales se quedaron, de camareros o botones. La modesta empresa, los libró a todos del arado de huertos que, dependientes del agua de pozos artesianos, con raras y extremosas lluvias, se daban con dificultad.


Fue el apogeo del tren, aunque breve, sostenido por el turismo de las aguas termales, su verdadera oportunidad, pese a que no supieron prever que mejores carreteras y vehículos volverían innecesarias las paradas entre Los Ángeles y Palm Springs. Para 1975, cuando los hijos de los Vosburg dejaron el ramo hotelero y el valle, el establecimiento contaba con 54 cuartos, pero se sostenía, apenas, del escaso público local que se daba cita en el café. Por esos años la población no superaba los 5000 habitantes.


El viejo inmueble victoriano, simboliza la historia del San Jacinto estadounidense; la administración citadina lo compró, justo antes de la pandemia de 2020, pero no acaba de convencer al cabildo de habilitar ese emblema de la historia local, vacío desde hace treinta años. Y los últimos testigos de esa historia ven desmoronarse, como el emplaste de cal de los plafones, su propia vida.


Los arquitectos del estilo victoriano imaginaron una época en que las casas fueran móviles, las estructuras ligeras, los cimientos desmontables. Tal vez el Vosburg debió caer, al igual que otros edificios sacudidos o vueltos cenizas, por terremotos e incendios, al tiempo en que perdió, inexorable, su gloria, su atractivo y sus afectos. 

 

¿Quién recuerda los tiempos de las cámaras de rollo?

 

Murray Gutman mantiene su negocio de reparaciones en el antiguo centro de Temécula. Podría decirse que más que una tienda, Bev-Ray Camera Sales and Repair —ventas y reparaciones— es un museo de la fotografía. El nombre de la tienda viene del compuesto de los nombres de Gutman y de su esposa Beverly. Pero Gutman no solo vende y repara, también intercambia equipo e informa a museos y fotógrafos de todos los pormenores del oficio y de su historia.

 

Las cámaras en los anaqueles no parecen organizadas, a primera vista, pero el propio Murray ofrece las conexiones necesarias a través de anécdotas y recuerdos. Al escuchar la pregunta de en qué año surgió la primera cámara, con gran facilidad Murray toma una enciclopedia, perfectamente cuidada, y enseña, en la página 971, la foto del daguerrotipo de Voigtlander, de 1840.

 

A pocos pasos del mostrador principal, Murray apunta a una caja que toma en sus

manos. Es su primera cámara, de 1945. “La compré en Nueva York, a los 13 años, y todavía tiene su caja y su manual”, comparte emocionado. Se trata de una Brownie Reflex Synchro, del modelo americano, con el reflector de flash integrado.

 

En otra vidriera una cámara Haselblad ocupa el sitio principal, con su lente Carl Zeiss y la correa de cuero original, muy bien acomodados. Murray acaba de alertar que en esa vidriera están las joyas del lugar. Una Leica anima de nuevo a este experto en cámaras que se detiene en cada una, compartiendo generoso su conocimiento de especialista.

“Los lentes de Zeiss llevaban su firma por ser los mejores”, señala Murray al tiempo en que enciende una pequeña lamparita con que se ayuda para ubicar el año de manufactura.

Zeiss mantuvo hasta su muerte en 1888 su compañía de lentes e instrumentos de óptica. 

Lentes, moviolas, proyectores, equipos de luz, correas, estuches, todo y de todas las épocas de la fotografía encuentra sitio en el local de Murray, donde el espacio de reparaciones

consta de un escritorio y un montón de cámaras. Ahí se puede ver lo mismo cámaras abiertas,

en reparación, que instrumentos complejos que sirven para el trabajo a mano, preciso y minucioso, que requiere un lente. O cada uno de los aparatos y accesorios que conforman el universo de la fotografía.

Una clienta consulta a Murray acerca del precio de una cámara, para su hija que es fotógrafa. Se trata de Kathie Rost, residente de Temécula y camarógrafa. Rost trabajó 17 años para CNN, en Atlanta, desde 1983 y hasta su retiro. Se detiene a mirar una cámara brownie de 1939 y otra, del formato súper ocho, de cine, de la marca Paillard, Bolex.  

“Mi favorita, aunque no sea la mejor cámara que hay aquí, es ésta”, comparte Rost, levantando la polaroid que acaba de recordarle su primer encuentro con la foto.

 

En uno de los anaqueles más altos un montón de Brownies, colocadas unas sobre otras, representan su época con garbo. Murray aclara que en California eran muy populares Las brownies eran las cámaras instantáneas de los años 30, fabricadas por Kodak. Venían con un manual que explicaba, paso a paso, como tomar fotografías, en dónde debía estar el sol y a qué distancia del objetivo tomado colocarse.  “En el anuncio decían tomar fotos es fácil”, dice Murray.

 

Este taller de Murray parece cosa de otros tiempos, en estos en que ya casi nadie repara nada. Además, la mayoría de las cámaras que lucen estos anaqueles pertenecen al tiempo ido en que se usaba rollos. Pero Murray no se ha quedado atrás, conoce al dedillo las cámaras digitales, las nuevas técnicas y los pormenores de los equipos de hoy.

De pie, junto a una Brownie Six 16, nombrada así por el tipo de rollo que ocupaba, comparte nostálgico que sería muy costoso el rollo, si es que pudiera conseguirse.

 El negocio de Murray es tanto para expertos como para novatos. Su disposición y su conversación derrochan amabilidad. Y, tome el tiempo que tome, Murray va de un lado al otro revelando a sus clientes el mundo mágico de la fotografía; tomando el tiempo necesario para compartir algo de su oficio, como abrir una cámara de antes, tarea que no es nada sencilla, si tomas en cuenta que se trataba de un paso crucial que fotógrafos y aficionados tenían que hacer en la más perfecta oscuridad, para no velar el rollo.

 


Cierre. Bev Ray Camera, ya no existe. Al poco tiempo de que escribí esta crónica el local de Murray Gutman lucía vacío, en alquiler. Me enteré de que había fallecido. Quizás fui una de las últimas visitantes de este paradigmático sitio que desapareció con su dueño, quien en vida no compitió con las novedades digitales ni con los últimos inventos en el campo fotográfico. Y se quedó pendiente mi regreso, en el que prometí llevar a limpiar mi cámara, con este experto. El punto que ocupó este museo informal de la fotografía fue el 28464 de la calle Front, junto al puesto de la Psíquica. No me quedé con las manos vacías, en aquella ocasión compré una Brownie, del tiempo de mis abuelas y recibí, regalo de la casa, una cámara de cine que, según Gutman, funcionaba a la perfección, pese a que ya era casi imposible conseguir los rollos super 8 que utilizaba. Estas dos piezas de museo dieron inicio a mi colección de cámaras que se ha incrementado de los modelos que dejé de utilizar, en la carrera de los megapíxeles que es hoy la fotografía digital. Y, claro, casi todo el tiempo utilizo mi teléfono que, en realidad, es una cámara que te permite hacer llamadas.

 

Las campanas del Camino Real

Esta campana forma parte de una serie de postales realizadas para compartir los símbolos de la California actual. El título de la serie “Wish you were here” (igual que el proyecto que convocó a realizar estas postales, con el que yo participé como miembro de San Diego Book Arts..

Esta campana forma parte de una serie de postales realizadas para compartir los símbolos de la California actual. El título de la serie “Wish you were here” (igual que el proyecto que convocó a realizar estas postales, con el que yo participé como miembro de San Diego Book Arts..

 

Una campana protagoniza esta crónica, simbolizando el emporio que para ella y su esposo ideó la señora Rebecca Forbes, al interpretar este icono de la historia de California a su manera y, sobre todo, a su conveniencia.

 

José Martínez, trabajador de la ciudad de Temécula, acarrea tierra justo al pie de la campana que luce la inscripción, en español, El Camino Real, frente al Temecula Valley Museum. “Es solo un adorno del museo,” responde Martínez a nuestras preguntas, pero confiesa que no sabe bien lo que significa. Uno de sus compañeros apura “es antigua, tal vez vino de una iglesia” y, otro más tercia , “no sé qué es eso de Camino Real”.

En el interior del museo, Steve Williamson cuenta que ha visto el recibo de compra en donde consta que se trata de “una replica” ordenada a la compañía que fundió las campanas originales, California Bell Company. Williamson subraya que fue donada por el Women’s Club, pues la idea original de colocarlas para marcar la ruta de El Camino Real es de la señora Harrye Rebecca Forbes, miembro de la Sociedad Histórica y de dos clubes de mujeres, The Native Daughters of the American West (Las hijas nativas del oeste americano) y California Federation of Women’s Clubs (la federación de Clubes de Mujeres de California), agrupaciones que la apoyan en su cometido. 

Forbes, esposa de un forjador de hierro, hizo colocar 450 campanas sobre el camino costero entre San Diego y Sonoma. El propósito que inspiraba a Forbes era marcar la ruta de los frailes hacia el norte, al tiempo en que fundaban las 21 misiones, separadas de un día de camino a pie, una de la otra. En las campanas originales aparecen las fechas de 1769, año en que se funda la primera misión en San Diego y 1906, fecha de colocación del primer cencerro, tal y como se lo imaginó Forbes. Las campanas de Forbes simbolizan también el renacimiento del estilo misionero en la arquitectura y de la reinterpretación de la historia de California en las primeras décadas del siglo veinte. 

Con el tiempo y el descuido muchas de las campanas originales desaparecieron, pero no la persistencia, tanto de compañías privadas como del gobierno estatal, de mantenerlas en pie.

John Kolstad, dueño de la fundidora y el molde tomado del original, indicó que la orden más reciente del estado es de treinta y siete campanas para el condado de Marín, en el tramo del puente de San Francisco a Sonoma. Con generosidad y buenísima memoria Kolstad cuenta que se producen 585 campanas entre 2004 y 2012 y comparte que se funden muchas más. “En Riverside las solicitan con frecuencia para adornar ranchos y casas,” agrega.

Los mitos que rodean el trazo de El Camino Real son muchos y la locura de colocar campanas, que cumple este año 107, es digna de notar. En realidad, de acuerdo con la definición del diccionario, las diseñadas por Forbes no son campanas, pues no tienen badajo para sonar. Tal vez por eso algunas de las que se fabrican hoy en la fundidora del señor Kolstad vienen con luz, para volverlas más prácticas y útiles.

Muchas de las campanas han quedado lejos de las misiones, o del camino hacia ellas y la primera de la hilera se encuentra no en los terrenos de la misión, sino en el estacionamiento del estadio Qualcomm, como nos confirma Penny Buckler, voluntaria de la misión San Diego de Alcalá.

De hecho, sería muy confuso para cualquier visitante o residente de California, con poca información, distinguir entre las campanas originales y sus réplicas, puesto que la mayoría han sido fundidas por la misma compañía y los mismos moldes, según refirió el propio señor Kolstad, tan entusiasta como Forbes en mantener viva la tarea.

Tampoco es posible concluir que el camino de los frailes misioneros pudiera haber tocado Riverside, puesto que las misiones más cercanas se encuentran muy lejos de Temécula, su límite más al oeste; a 28 millas, San Luis Rey de Francia; a 50 millas, San Juan Capistrano; a 86 millas, San Gabriel Arcángel.

Otra versión de la campana de El Camino Real, serie de postales realizadas como parte del proyecto “Wish you were here” en el que participé como miembro de San Diego Book Arts..

Otra versión de la campana de El Camino Real, serie de postales realizadas como parte del proyecto “Wish you were here” en el que participé como miembro de San Diego Book Arts..

Hoy, la producción de campanas, idénticas a las ideadas por la señora Forbes, constituye un negocio muy lucrativo, pues las campanas varían en precio de entre dos mil y tres mil dólares en el tamaño original, dependiendo de la pátina o las palabras que el comprador quiera agregar.

Asimismo, por un efecto inverso jamás imaginado por Forbes, réplicas idénticas forman ya parte de la oferta de los artículos en venta en las tiendas de las misiones, donde se sabe que los frailes no usaron ese método para marcar su camino. Y como el robo y la imitación de estos monumentos es tan común, sería imposible contar el número de réplicas que existen en todo California y que aparecen a la venta, incluso en E Bay, como se cuenta que ocurrió con la campana restituida ya durante el siglo XXI, a la ciudad de Oceanside.

En español se dice “dar vuelo a las campanas” cuando se ponen todas a sonar, algo que en un pueblo que tenga muchas resulta espectacular, pero que jamás pasaría en California pese al impresionante número de ellas, pues como ya se dijo, no tienen badajo. Sin embargo, la expresión “darse vuelo” o “volarse” significa exagerar o actuar con demasiada libertad, tal y como lo hizo la señora Forbes en la tarea de colocar campanas.

 

Crónica y fotografía de María Dolores Bolívar. Toda reproducción de estos materiales está prohibida, salvo mediante autorización solicitada antes de su publicación.

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