Life after the Pandemic

Mark this date.

Mark this date.

It’s March again!

This is a date charged with meaning. I had just moved back to La Jolla, after years living in Mira Mesa, then Scripps Ranch. Our search for an apartment took the first part of 2019 and we were just getting ready for our first sunny season in cold, super cold La Jolla when the Pandemic started.

I have been indoors so much I feel it has become easy for me to refuse to go out. Every day, as I look outside through my windows, I revisit the miracle of finding this great place, where I have a view to a wonderful courtyard so green and flowery. I miss the freedom to go out to eat, anywhere I want. I miss the movies, the stores -my dreaded shopping sprees-.

The one thing I want to do if the world opens up again is travel, anywhere., take a train to Central California, visit a new place… Can I board the next ship to Mars?

In the meantime I have bought a hammock and some plants to take a few steps out into our deck, to feel the sun, and to breathe some fresh air, out in the open.

How will we remember this year of 2021? Vaccines, and a gradual come back to some sense of normalcy. I have become more aware of where I am. For the first time this year I paid attention to our Nextdoor posts. I kept track of the local stores that went out of business. It’s been a sad time, collectively. One challenge, to come to grips with how some people never learned about the importance of caring about others by wearing a mask. Is that incidental? The sign of our times?

I read today some reflections written by my friend, Manuel de Jesús Hernández about the high percentage of people who believe in conspiracy theories. The Washington Post, according to my friend’s reflections, had reported that 50% of people in the United States believe in at least one conspiracy theory, by 2015. The issue is not only a US issue. In the UK, 60 people admitted to believing in at least one conspiracy theory and in France, the number rose to 76%. To this sort-of paranoia, emanating by thoughts that view the world from the lens of broad conspiracies, we must prepare to leap ahead intuitively trusting that better times will come. In any case, I am looking forward to being in the company of good friends, something that may begin before the end of 2021.


 

Letanía para exorcizar los traspasos del COVID

Cuando acabe todo esto retomaremos la búsqueda de un jabón que huela bien y no curta…

(para que no se nos vaya de las manos esta realidad)

¿Va usted a preparar comida?

¡Lávese las manos!

¿Está a punto de tomar la sartén por el mango?

¡Lávese las manos!

¿Su primer bocado?

¡Lávese las manos!

¿Ese entrañable ser que cuida como la niña de sus ojos vomita o muestra signos de diarrea?

¡Lávese las manos!

¿Pasó su dedo por el papel filoso o se cortó con el cuchillo de picar finito?

¡Lávese las manos!

¿Usó el retrete luego de hacer girar la perilla de la puerta o las dos cosas, pero en distinto orden?

¡Lávese las manos!

¿Langareó a la hora en que otros echaban siesta?

¡Lávese las manos y, también, la vergüenza!

¿Dejó escapar un estornudo?

¡Lávese las manos!

¿Estrechó la pata del perro del vecino?

¡Lávese las manos!

¿Tuvo comezón en la nariz? ¿Carraspeó de repente? ¿Puso la bolsa de basura en el contenedor?

Por caridad, ¡lávese las manos!

¿Cantó nostálgico? ¿Lloró de gusto? ¿Armonizó la ira con el aburrimiento o el fondo con el amanecer? ¿Falseó el paso? ¿Respiró demasiado profundo? ¿Suspiró ruidoso? ¿Se quedó varias veces con la palabra en la boca?

¡Lávese los sueños y las noches en vela!

¿Deambuló distraído de la segunda a la tercera dimensión?

¡Lávese las manos y las intenciones!

¿Hizo calisténicos?

¡Lávese las manos y, si le gana la fobia, sígase con los sobacos!

¿Se hurgó las partes?

¡Lávese las manos!

¿Despertó sudoroso de la meditación?

¡Lávese la conciencia!

¿Tocó el suelo al momento de recoger una uva que rodó enloquecida al caérsele de su cuenco acartonado mientras la restregaba bajo el agua caliente?

¡Lávese las manos!

¿Se cansó ya de fregar y friccionar falanges, metacarpos y muñecas mientras el chorro de agua y el jabón confabulaban con olor a antiséptico difuminado de eucalipto y romero?

¡Vuelva y lávese las manos!

¿El Kundalini le disparó la energía y los humores?

¡Lávese las manos!

¿Litanus pecans?

¡Lávese, humano!

Y cuando menos hoy admita que entiende al tal Pilatos…

Y para no desgastar el ímpetu amasado entre el baldeo y el enjabonamiento…

Pídale a Alexa que se lo rememore, en voz alta, con un hint divertido.

¡Salió el sol!

¡Ya es la hora!

¡Ta ta ta tan!

Y repita el ritual

Por si las moscas…

Y cuando menos unas treinta veces – de a dos por hora lúcida- durante 22 segundos o los 44 que le toma recitar el cierre del segundo soliloquio de Segismundo…

¿Es la vida un frenesí?

¿Es la vida una ficción?

O vaya de rapero o de salsero improvisado

¿La ve? ¡la ve! ¡la besé!, la ve… se, seee, seee.. lave sééé ay pero lávese esas manos… láveselas, láveselas, láveselas…


 

Malas noticias

porque irse es como morir, lo afirmo,

y también que se muere varias veces

¿De quién nos hemos despedido ya?

¿Qué presagio fatal detuvo al tiempo?

¿Qué noche del ayer cerró las puertas?

¿Qué tolvanera ha barrido nuestras huellas?

Morir, sin presentirlo,

en el andar que postergó el encuentro.

diáspora personal

que bebe agua

en las elipsis,

en el polvo

en los atardeceres.

¿Cuándo emprendimos el viaje sin retorno?

¿Qué hasta luego se tornó hasta otra vida?

¿Quién ya por última vez ha dicho nuestros nombres?

¿En qué caja olvidada se enmohece el recuerdo?

Morir es un enigma.

no omitas más vivir en el presente.

¿Qué taza humeante

beberás a solas,

remontando tardes,

silencios,

tolvaneras…


 

En mi tintero, el mar

 

Y tras la mascarilla de batik reconvertido…

Soy yo, río.

Me tomo la palabra y, por los ojos,

hablo en voz alta, en ese refunfuño que sale de la tierra y bufa.

Ya vuelta mar, fabrico textos grandes, medianos y pequeños;

pude decir profusos, moderados, breves.

Clavo en el centro de la mesa un tinto.

Ni el tiempo ni la prisa me han quitado la manía de tomar las rutas largas.

 

Camino despacio, sin dejar de mirar.

Llego tarde, sin pedir disculpas.

Me esmero en lo que pulo, sin pretender su resplandor.

 

¿Mirar atrás? ¡No! Solo dar con el punto de la combustión;

pedir, para otras vidas, la facultad de girar la cabeza

en círculo, como supongo que lo habrán hecho Las Gorgonas,

para petrificar de una mirada fulminante lo pasado.

Después, volar, ay, arrancar a hacerlo sobre el mar

Siguiendo el haz irrepetible del sol, de cada atardecer…


 

Estatuaria

“El cuerpo, el arpa y la sombra…"

Conjuro vuelto epígrafe, Alejo




Adoro las esculturas, pero no las estatuas.

Su realismo brutal me repele y horroriza…

¿No dicen acaso que Rodin colaba sus metales

sobre cuerpos inermes, bajo promesa de volverlos memorables?

No realcen a Moctezuma, ni a Cortés;

No quiero Ángel, ni Diana;

ni Tenamaztle, menos aún, Benito Juárez.

No hay una sola estatua en París, en la ciudad de México,

Washington o Roma que redimiría.

Las estatuas son una aberración al ojo;

eternizadas en metal;

tapizadas de moho, bacteria y suciedad de aves.

Por mí, que tumben a Colón y sus múltiples réplicas…

el que languidecía en su glorieta, entre La Reforma y Morelos,

o aquel que se podría por junio, en Almuñécar…

bajando la mirada, frente al Mediterráneo.

 

Que fundan a Junípero

y a ese Lincoln descomunal

de los hermanos Piccirilli y del francés Daniel Chester.

 

De la época que sea, de Jefferson o Washington;

con y sin pátina; a caballo o a pie; de mármol o de bronce;

en busto, en bulto, como sea, túmbenlas todas… ¡tumbémoslas!

¿Un Cid? ¡No! Solo su lanza, apuntando a la luna, para cerrar octubre…

 

Quitemos todas las estatuas y, en su lugar, pongamos fuentes,

calzadas anchas y arboladas.

Pero si es tanto el afán perturbador de remachar en seres ostentosos a los vivos…

quiero la estatua de un pelícano secándose en las rocas;

o a una mujer mirando al sol caer con cada tarde.

Al resto, por favor,

que lo bañen con ácido,

que le echen sosa cáustica…

como ya hicieron con El Caballito;

que lo refundan en un sótano…

y que retoñen libres,

en el hueco dejado,

fuentes,

lo dije ya,

esculturas,

bancas,

o claros, desde donde levantar la vista

y mirar, al cielo, a las estrellas o al futuro…

Si les tiembla la mano… destiérrenlas,

háganlas a la mar…

así sean Diana o Niobe;

la madre, la piedad, Cuauhtémoc, Trajano, César…

¿Le sigo?

Yo no quiero a Marina ni a Josefa…

Ni siquiera a Gertrudis, en recuerdo de tanta inequidad

nítidamente calcada a piedra y cincel.

Dejen en paz, en cambio, a las palmeras, a las rocas salientes,

a los soberbios arrecifes.

Y en esa nueva oquedad conciliatoria…

Que sobrevivan memoriosas La guardiana del agua del edificio del condado en mi adoptiva San Diego;

Hélio, último náufrago de Rodas,

y los brazos perdidos de Victoria, la de Samotracia, para por fin

curarse las alas.

Por hoy, es todo… 12 de octubre, de 2020.

[Descargo de responsabilidad:

Cualquier pensamiento que trascienda los límites de este poema, no es responsabilidad de la poeta. Aunque parezca que no hay fronteras entre la realidad y la ficción, las hay, sanas y firmes, por dentro y por fuera de la realidad y de las engañosas pantallas luminosas.]


 

Mi mamá se asea, mi mamá baldea, mi mamá se lava las manos

 

Las compulsiones que el COVID ha venido a despertar

 

Madre se lava las manos un promedio de cuatro veces por hora.

Dado que padece de insomnio y visto que toma el doble de lo prescrito

-mandaron un mínimo de 22 segundos-

Hemos notado que ella, en lugar de tararear el Happy Birthday,

se receta unas ochenta veces por día

algún fragmento de Calderón de la Barca o de Lope

rozando el borde de los 44 segundos…

 

Para cuando acaba de refregarse,

con la sanga natural o el esplendor de oliva,

Ya se llevó tres cuartos de minuto en la faena,

sin contar el secado y los pasos que siguen.

Manos saneadas,

que infalibles conducen a una nueva tarea

y de nuevo al ritual.

 

“Cuando a las manos te inclines,

de tanta gracia estén llenas…”

¿Has hecho cuentas?

Cuatro minutos,

de cada hora,

suman, al cabo de cada día,

unos noventa…

Ahora nos explicamos por qué se disparó

el cobro del agua este pasado marzo.


 

La rareza de ser Tuba/Oddity of Tuba in Bb* 

Tubas are tubas

Have you ever wondered what fits inside a Tuba?

 

I searched endlessly

and finally came up

with…

 

A lot to sort out…

 

¿Las tubas son eso y nada más?

Espacio, tiempo, grandeur en tonos bajos, bajísimos, sostenidos.

¿Te preguntaste qué cosa llega a caber en una tuba?

 

Busqué breves segundos

y di

con…

 

[dos golpes de obturador]

 

No supe si la tuba capturó el gusto de aquella congregación…

O si fui yo, quien al accionar la cámara,

justo antes del desfile,

apuró la escena,

donde las cosas, hartas de un mundo vacuo

se recluyeron en sus interiores,

huyendo del presente

tan plástico,

hacia esas cavidades laberínticas

metálicas,

pesadas…

 

Entonces,

mi lente dio, sin esperarlo,

con la superficie cambiante

de su cuerpo descomunal,

modificado a

luz y bronce.

 

Aquella plasma rítmica

de las cosas del mundo…

 

[afinación de tuba, tu ru ru ru ru ru ru… seguida por escandalosas risas.]

 

Y ahí estuvieron,

la torre agigantada

receptora feliz de una base ovoide,

reconstruida a su medida,

virtud de la fachada acuosa del metal.

 

El danzante, merenguero y jovial,

que parecía

como transfigurado,

más esbelto y agraciado

que nunca.

 

La realidad,

vista a través de uno de esos espejos

que distorsionan cuerpos y rostros,

siempre cerrando

en una carcajada.

 

Los colores del tiempo

se encendieron…

avivados por el rojo encendido de mi poncho,

Y aparecieron también

las plumas de quetzal de una danzante

que humeaba salvia y copal

en una vasija, también muy colorida.

 

Y siguió

aquel sonoro letargo

empeñado en conjurar

la vacuidad insufrible del desfile,

llevado por las trompas

y las panzas

de aquel rutinario cortejo.

 

Ra ta, ta, ta, ta…

 

Y, claro, ahí aparezco yo

apurada, entre el primer grupo de outsiders

refugiados,

buscando sobrevivir…

salvarse.

 

Qué extraño

qué estrambótico

aferrarse, de balsa,

a una tuba

ronca,

solemne,

[tuuu, tuuu, tuuu.]

 

Y confundirse así en el laberinto interno,

la puerta de salida,

el orificio liberador,

de tan feroz protectora,

torpe,

gritona,

otra vez, ronca,

[tuuu, tuuu, tuuu, tu, tu.]

 

¿Como no solidarizarte

con la niña más alta de la orquesta,

la joven estudiosa,

tímida,

solitaria,

triste?

 

Cuando se dispersaron los contingentes del desfile

nos quedamos solitas Tuba y yo,

en esa imagen que todo lo eterniza,

para el recuerdo.

 

La capté de perfil, de frente, de tres cuartos…

La agrandé, la centré,

con los niveles altos,

el brillo que aletarga.

llenita de color…

 

[dos golpes de obturador…]

 

Tuba, otra vez.

Tuba ha…

¿Edward Gregson?

Tú, bah,

Tú va(s)

Tubaaaa, tubá, tú, tú, tú…

 

Flash deslumbrante inunda la pantalla, anuncia cierre.

 

[Corren las letras:

Cuentan que en el mundo de las tubas La Tuba Real (Tuba en si) es también la más grande entre los instrumentos de bronce.

Llega a medir, desdoblada, hasta 5.5 metros de extensión (más de ocho pies). Su existencia es descomunal y su rol de contrabajo, en franco desafío con la escala musical, alcanza sonidos que a veces más se asemejan a un ronquido…. Sigue un gruñido ronco y sostenido tuuuuuuuuu de una tuba en si (BbTuba) sobre fondo negro]

THE END/FIN




NUMERALIA (O dilo con números), transcurrido el día cuarenta.

Si has observado la cuarentena de Gavin Newsom, es hora de cuantificar -adiciones y pérdidas-. La rutina no se ha ido, aun si lo normal, como enseñar, dar consulta o calificar te recluye en esa reVIRTUAlidad que ahora transcurre desde algún rincón de cuarto o sala, en donde “el escenario”, “encuadre” o “telón de fondo” es clóset, librero, gabinete de cocina o cuadro (desaconsejable por su reflejo o contenido subliminal). Supongo que recorriste las poquísimas alternativas, calentón, librero desgobernado, o igualmente impresentable espacio del regadero. Acá, la elegida fue puerta del clóset, disimulada con rebozo de artisela azul marino que cae desde el tope hasta el suelo, para dar buen color, y ergonómicamente situada al lado izquierdo de ventana, desde donde es imposible regular al sol, el viento, la lluvia, los cantos enloquecidos de las gaviotas o el ruido ensordecedor de los espanta hojas, que los jardineros del lunes ponen a competir con mi voz, exactamente, a la hora de mi primera clase.

No todo es cuantificable, aunque espero que nunca midas usando “tremendous”, “a lot” o “bigly…” Tú, que buscas precisión, lector, quizás halles elocuencia en estos números: 

Lavarse las manos 64 veces al día, durante un aproximado de 44 segundos, toma 47 minutos de cada día, por un total de 31 horas en lo que va de la cuarentena.

Aquí otras cifras, no menos disertas, de mi diario confinado. 

1.     Van 960 horas de encierro.

2.     Me he sorbido 120 cafés (a razón de tres por día).

3.     Me quedan entre 210 y 630 dólares que no gasté en Starbucks.

4.     Si en lugar de bebérmelo, hubiese preparado las cinco tazas de café y las hubiera vendido al precio de una taza en Starbucks me hubiera ganado 5 mil dólares.

5.     Va un mínimo gasto ahorrado de 480 dólares por la comida que hubiera hecho fuera de casa.

6.     Llevo economizados 300 dólares de gasolina a razón de un tanque lleno por semana.

7.     Recorrer mi apartamento de cabo a rabo me toma 12 pasos a lo ancho y 22 a lo largo. O un periplo imaginario de 264 pasos por ronda.

8.     Tendría que darle la vuelta a mi departamento 37 veces al día para cumplir con el mínimo aconsejable de 10 mil pasos y no toparme con mi hija que debiere realizar la misma tarea diaria, con la diferencia de seis pies de distancia.

9.     Mi oficina casera consiste en un espacio de 4 por 3 pies, extendidos entre una pared y la puerta del closet. Ahí concurren mis alumnos, contertulios, familiares, virtud de Zoom, Facebook, Facetime, Messanger y cuatro países repartidos en dos continentes y los tres estados más geográficamente extensos de Estados Unidos. También se activan un teléfono inteligente, una computadora de escritorio, una tableta, dos memorias teragigabíticas, dos tripiés, tres cargadores, un regulador de electricidad, mi servicio de cable, mis contratos vigentes de luz eléctrica, de arrendamiento, y una Alexa (no tan inteligente) que habla cuando quiere y elige la música que le da la gana, si la/me dejo.

10.  Llevo tomadas, 1800 fotografías desde mi puerta, mis ventanas y mi terraza y exteriores.

11.  He subido 120 posts repartidos en Instagram, Twitter y Facebook.

12.  He leído 600 emails.

13.  Estoy ya en las 48 mil palabras escritas.

14.  Ya son, también, 48 mil palabras pronunciadas por lo menos en tandas de a 300 por una hora clase.

15.  He intentado mitigar la ansiedad con 400 tazas de té de doce diferentes esencias que incluyen canela, manzanilla, tila, ruibarbo, cola de caballo, jengibre, valeriana, cabellos de elote, menta, romero, verde y blanco.

16.  Por lo menos un total de seis de los cuarenta días transcurridos, en equivalencia de tiempo hora, llevo jugando UPWORDS, el juego con que he sustituido mi previamente favorito SCRABBLE.

17.  Llevo ingeridos, 80 huevos estrellados.

18.  80 tazas de arroz.

19.  80 garrafones de agua de un galón (1200 vasos de agua)

20.  160 rebanadas de pan.

21.  120 papas.

22.  30 tazas de frijoles

23.  2 tazas de lentejas

24.  12 paquetes de pastas variadas.

25.  5 latas de atún

26.  20 pechugas de pollo.

27.  150 rebanadas de jamón

28.  150 rebanadas de queso.

29.  Y 5 cajas, de a doce Lagunitas por caja.

30.  ¿Netflix? Vi Velvet, Anne with an E, Grand Hotel, Self Made y hasta caí en los inframundos de Made in México, Palazuelos mi rey, antes de empezar con las películas, La casa de mi padre, It´s a disaster, A Little Chaos… Noticias y cómicos por cable, todos los anteriores o un promedio de dos a tres horas por día (contando con el régimen severo que me sacó de ver, por conciencia del deterioro técnico, de cinco a seis, a lo que se suman la hora de breviario de España (a eso de las 2 de la madrugada), la mañanera de López Obrador, que debería obrar como remedio oportunista para los desganados y los reportes del “task force” o monólogos desde La Casa Blanca, donde mi cerebro es sometido a tortura, a veces durante una hora.

Ya termino, sé que tengo dos hijos amorosos porque a una me la topo en nuestro diario caminar por el mismo espacio, casi sin tocarnos. Al otro, lo importuno con mis conversaciones vía Echo y le agradezco que se haya puesto voluntario para surtirnos de casi todo lo que nos hace falta, dejando en nuestro porche los productos de sus compras puntuales y previsoras. Y tengo un nieto con quien he aprendido a comunicarme vía robots, computadoras, plataformas de cámara y juegos divertidos como Golf Battle y Sushi Go.

 No sé si firmar Revirtual sumisa, Viral Remisa o Redomada (a secas).

Los finales de abril de 2020.


 

NUMERALIA DE LA CINCUENTENA (O dilo con números)

Dicen que los años nones son años de dones

Y que los años pares son años de males

(de la sabiduría popular)

 

¿Será que los años bisiestos, 2016, 2020, traen consigo 24 horas adicionales de males?

Observo la cincuentena de Gavin Newsom (gobernador de California, el estado donde resido en diáspora). Aun si lo normal -enseñar, dar consulta o calificar- se cobijó en la reVIRTUAlidad, que empiezo a asimilar ya de nueva rutina.

Desde el 13 de marzo (para mí) todo fluye (o se estanca), en algún rincón de cuarto o sala, en donde solo cambia “el escenario”, “encuadre” o “telón de fondo”.

Supongo que todos llevamos recorridas las poquísimas alternativas -calentón, librero desordenado, o regadero familiar-. Acá, la elección recayó en la puerta de un clóset, disimulada con rebozo de artisela -sustituí el azul marino por uno de rombos en blanco gris y negro, por su neutralidad- y que sigue cayendo desde el tope hasta el suelo, con poder difuminante, como esas cascadas de edificio corporativo, hechas de hilos de agua sintéticos. El punto, al lado izquierdo de ventana, lleva en su luminosidad, también, su desventaja… Es imposible regular al sol, el viento, la lluvia, las sirenas de las ambulancias, los cantos enloquecidos de las gaviotas y el ruido ensordecedor de los espanta hojas, que los jardineros del lunes hacen competir con mi voz, a la hora de mi primera clase. 

Tener trabajo y cobertura de salud, dadas las actuales circunstancias, constituye un golpe de suerte. Vayan algunas cifras de mi diario confinamiento que ya suma 1248 horas.

El gasto y las economías.

He sorbido 152 cafés (a razón de tres por día), lo que representa entre 273 y 819 dólares que no dilapidé en un Starbucks. Si en lugar de bebérmelo, hubiese vendido las cinco tazas de café que preparo en mi cafetera, al precio-taza vigente, hubiera ganado 1365 dólares. El doble si agregaba el cuernito o el pan de limón que abono a mi costoso trajín cafetero. 

Va un mínimo gasto ahorrado de 624 dólares por comida fuera de casa. Llevo economizados 420 dólares de gasolina, de a tanque por semana. Entre las cantidades de comida o bebidas ingeridas, mencionaré 100 huevos estrellados, 90 tazas de arroz, 100 garrafones de agua (1500 vasos de agua), 180 rebanadas de pan, 140 papas, 30 tazas de frijol, 2 tazas de lentejas, 15 paquetes de pastas, 10 latas de atún, 27 pechugas de pollo, 170 rebanadas de jamón, 170 rebanadas de queso y 7 cajas de a doce Lagunitas (84 Lagunitas).

¿Mitigar la ansiedad? Me he servido 400 tazas humeantes de doce infusiones distintas, que incluyen canela, manzanilla, tila, ruibarbo, cola de caballo, boldo, jengibre, valeriana, cabellos de elote, menta, romero, té verde y té blanco.

También ha habido ahorro considerable del papel de baño, escaso, sin explicación.

Vuelta al día en 37 rondas de 264 pasos.

Recorrer mi departamento toma 12 pasos a lo ancho, por 22 a lo largo, o un periplo imaginario de 264 pasos por ronda. Tendría que dar la vuelta a mi departamento 37 veces al día, para cumplir con el mínimo aconsejable de 10 mil pasos. Eso sin toparme con mi hija que debiere realizar la misma tarea y mantener una distancia de 6 pies (1.86m) conmigo.

Mi oficina casera consiste en un espacio de 4 por 3 pies (91 cm por 1m), extendidos entre una pared y la puerta del closet. Ahí concurren mis alumnos, contertulios, familiares, virtud de Zoom, Facebook, Facetime, Messanger y cuatro países repartidos en dos continentes y siete estados que incluyen Indiana, New Jersey, New York, Illinois, California, Arizona, Texas. También se activan un teléfono inteligente, una computadora de escritorio, una tableta, dos memorias teragigabíticas, dos tripiés, tres cargadores, un regulador de electricidad, mi servicio de cable, mis contratos vigentes de luz eléctrica, de arrendamiento, y una Alexa (no tan inteligente) que habla cuando quiere y elige la música que le da la gana, si la/me dejo. 

Llevo tomadas, 2000 fotografías desde puerta, ventanas, terraza y exteriores.

He subido 150 posts repartidos en Instagram, Twitter y Facebook. He leído y respondido 900 emails. Estoy ya en las 48 mil palabras escritas. 48 mil palabras pronunciadas por lo menos en tandas de a 300 por hora-clase.

Pausa lava manos.

8 de los cincuenta y dos días transcurridos llevo jugando UPWORDS, el juego con que he sustituido a SCRABBLE.

¿Netflix? Vi Velvet, Anne with an E, Grand Hotel, Self Made, 90 Day Fiancee, Before the 90 Days y caí en los inframundos de Made in México y Palazuelos mi rey, antes de reducirme a las películas, La casa de mi padre, It´s a disaster, A Little Chaos… ¿Noticias y cómicos por cable? De a dos o tres horas por día. Recorro, también, el breviario de España (a las 2 de la madrugada), la mañanera de Andrés Manuel López Obrador (remedio oportunista para los desganados de las 6 -hora variable-), y los reportes del “Task Force” o los monólogos priápicos de Donald Trump, desde La Casa Blanca.

Empezamos a preguntarnos si tan pobre oferta televisiva no antecede ya a la realidad virtual definitiva, donde el concepto de tiempo y espacio no volverán a lo de hace 52 días. Como si en lugar de recluirnos en casa, nos hubiésemos teletransportado a un mundo alterno, en un viaje sin retorno.

¿Lo adivinas? De noche leo a Edgar Allan Poe y a Bradbury y Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino. Unas semanas antes de la pandemia, inicié un taller literario que sigue, viento en popa, y donde comparto escritos de ficción y minificción con el escritor valenciano Marcos Neroy, la escritora mexicana Martha Cerda y mis contertulios locales, el escritor y profesor de literatura José Mario Martín Flores y los alumnos del posgrado María Núñez y Michael González. Escribir y leer, como en otras épocas difíciles, son talismán, prisma, Aleph. Nada tendría sentido sin esas terapias sanadoras de papel y tinta.

¿La familia? Tengo dos hijos amorosos y un nieto repartidos en dos domicilios unidos por Echo, nuestro sistema de comunicación virtual, y nuestros respectivos teléfonos celulares.

¿Las manos de tocar, sentir, reconocer y vibrar el mundo real? Desde que inició el recogimiento, me las lavo 64 veces al día, con jabón antiséptico, por 44 segundos. Esta labor lavandera suma 47 minutos, por un total de 40 horas (hoy es el día número 52). Supe (vía CNN) que durante abril murió una persona cada 44 segundos en Estados Unidos (66 mil 075). La coincidencia angustiosa de saber que en lo que yo me lavo las manos, recitando el segundo soliloquio de Segismundo en La vida es sueño, un paciente muere de COVID en suelo estadounidense, es estremecedora.

Malas noticias.

Pasarán décadas antes de que podamos olvidar esta pandemia con su encierro y sus dolores. No todo es reto espacial, también ha habido lágrimas. Mi hija nos dio un buen susto, con fiebres altísimas de 104 grados que la llevaron al hospital, el 25 de marzo, por una inexplicable meningitis viral de la que se repuso, ahora sé que milagrosamente.

El humor sirve para sobrellevar las horas, ¡quién lo duda!, pero convive con la depresión, la ansiedad y el río revuelto del futuro que nos arrastrará, acto seguido, con sus ya 33 millones de desempleados oficiales (¡uf!).  

Cuanto ocurre en el mundo laboral se reflejará en recortes a la cultura y a la educación, ya lo sabemos, así que cierro con algo de optimismo… Me congratulo de vivir en California, estado en donde las medidas de aislamiento permiten vislumbrar una luz, por más que tenue, al final del túnel.

Todavía no sé si firmar Revirtual sumisa, Viral Remisa o Redomada (a secas).

2 de mayo, de 2020. 


 

La Quinientena.

NUMERALIA de la Quinientena (o describe con números 494 días de aislamiento.)

Vamos a la mitad del octavo mes, día 18, lo que ya suma 230 días del 2021 de permanecer preferentemente en casa, con salidas muy reducidas a lo esencial. La suma cuarenténica es de 494, repartidos en 17 meses de aislamiento casero desde que se desató la fiebre de la COVID y sus consecuentes medidas que cerraron las economías y suspendieron las caricias, los abrazos, las pláticas y cursos presenciales, los museos, las bibliotecas, los campus universitarios (en su funcionamiento habitual) y, en gran medida, casi todo lo no comercial en lo que va incluida casi toda la vida cultural. Durante el mes de agosto que transcurre he sabido que abren algunos museos, y están a todo lo que dan los restaurantes, las tiendas y las playas. También abrieron muchas escuelas y establecimientos públicos, lo que permite suponer que el repunte de contagios de la variante delta ha vuelto a incrementar la amenaza exterior. Así y todo, escribo esto desde mi casa, a 5 días de volver al campus de SDSU y abrir el nuevo año escolar universitario 2021-2022.

Quedó rebasado el dicho ese de los años pares y nones como portadores de dones o males… Pues non y par, la década del 20 abrió con muy malas noticias para todos. En una primera observación quiero aclararte que me parece que han transcurrido casi mil y no casi quinientos días de aislamiento, hasta esta fecha.

Gavin Newsom (gobernador de California, el estado donde resido en diáspora) enfrenta ahora una elección especial para la revocación de su mandato y el gobernador del estado de Nueva York, aunque por causas otras que la quinientena (muy reprobables por cierto), fue obligado a renunciar. Transcurre agosto sin que vuelvan a alzarse los seguidores de Trump mientras los Talibanes (terroristas levantiscos de Afghanistan) se apoderaron de Kabul, volviendo nuestra rutina periodística de los Montescos y los Capuletos en mera caricatura para todo público, frente a la angustia televisada de millares de personas intentando subir a un avión para escapar de aquella nueva realidad que también nos afecta.

El verano puso en receso la educación virtual, conmigo de maestra, pero apuró la mía propia. Con gran laboriosidad aprendí nuevas puntadas de encuadernamiento, técnicas del libro de artista, impresión en placa de gel, pintura en acuarela y composición. Terminé de editar y publicar quince entrevistas y escribí un promedio semanal de 1700 a 2000 palabras. También intensifiqué mis lecturas, manteniéndome lejos de los noticieros durante por lo menos un total de 90 días.

Desde el 13 de marzo (2020) la vida fluyó o continuó estanca, modificando apenas “el escenario”, “encuadre” o “telón de fondo”. Hoy me ubico en un rincón de mi departamento orientado hacia el sur donde la mayor parte del día reina un ambiente fresco, bien ventilado y llenito de luz. De encuadre tengo los gallos de Iliana Hernández, una de muchas escritoras que conocí durante esta pandemia. Por lo demás, sigue reinando el tiradero habitual, con algunos gramos de papel acumulados y muchos kilogramos de grasa en las subidas carnes de mi entorno.

Entretanto, la casera prohibió las plantas y redujo los días de jardineros con su soplador de hojas -no entiendo si la disminución de tiempo se debió a que uno de los árboles del jardín se cayó. Pese al decremento por ruido de jardinería, aumentó la contaminación sonora procedente de tres obras que restituyen a los edificios de apartamentos y condominios de mi calle la posibilidad de rentar más caro, a inquilinos que con trabajos si ajustan los alquileres de antes de la Pandemia. La expectativa de volver al salón de clases, pese a las mascarillas y el temor a los contagios de nuevos virus y variables hace mis días. Terminó ya el entrenamiento de reajuste al campus en la modalidad presencial, mismo que fue pagado a la mitad de tiempo y compensación que tomó el ajuste a la modalidad virtual.

Sigo diciendo que tener trabajo y cobertura de salud, dadas las actuales circunstancias, constituye un golpe de suerte. Vayan algunas cifras de mi diario confinamiento que ya suma un número aproximado de 11,856 horas.

El gasto y las economías.

Dejé por completo el café, desde el pasado mayo, así que adiós a las economías por concepto de café y distancia indefinida con las compañías Starbucks, Peet’s y Pannikin, salvo que sea hora de pedir taquitos de papa, pastelillos de limón o licuado de vainilla. El desaparecer de mi vida también me impide calcular las muchas tazas de café que me bebí durante los 400 días que precedieron a los noventa que llevo sin los efectos de esa milenaria planta mágica en mi cuerpo.

Va un mínimo gasto ahorrado de unos 4000 dólares por comidas fuera de casa. Llevo economizados unos 3000 dólares de gasolina, de a tanque por semana. Entre las cantidades de comida o bebidas ingeridas, mencionaré 600 huevos estrellados, 540 tazas de arroz, 500 garrafones de agua (9000 vasos de agua), 1080 rebanadas de pan, 840 papas, 180 tazas de frijol, 12 tazas de lentejas, 90 paquetes de pastas, 60 latas de atún, 162 pechugas de pollo, 1020 rebanadas de jamón, 1020 rebanadas de queso y 42 cajas de a doce Lagunitas (504 Lagunitas).

¿Mitigar la ansiedad? Me he servido 2400 tazas humeantes de 14 infusiones distintas, que incluyen canela, manzanilla, tila, ruibarbo, cola de caballo, boldo, jengibre, valeriana, cabellos de elote, menta, romero, té verde y té blanco y a las que sumé limón y habiscus (flor de jamaica). Dejó de preocuparnos el papel de baño, sumando 45 los paquetes de diez rollos que se han sumado a esta época aciaga.

Vuelta al día en 37 rondas de 264 pasos.

Continuaron mis rondas de a 12 pasos a lo ancho, por 22 a lo largo, o el periplo imaginario de 264 pasos por ronda. A dar la vuelta a mi departamento 37 veces al día, para cumplir con el mínimo aconsejable de 10 mil pasos, esfuerzo que no siempre seguí, se sumó la posibilidad de remar o andar en una bicicleta y una lancha fijas. Y dejé de toparme con mi hija que volvió a trabajar fuera de casa.

Trasladé mi oficina casera al espacio más amplio de la sala de estar, obteniendo un pie de holgura por el ancho y el largo del espacio asignado, extendidos de ventana a ventana, con un ventilador de aire que refresca durante los escasos días de sol que nos ha dado agosto en este 2021. Alumnos y contertulios, virtud de Zoom, Facebook, Facetime, Messanger y cuatro países repartidos en dos continentes y siete estados que incluyen Indiana, New Jersey, New York, Illinois, Massachussetts, California, Arizona, Texas, siguieron concurriendo. La familia se esfumó en el éter de la excesiva convivencia virtual, del mismo modo en que la convivencia presencial pasada los hacía metiches, autoritarios, conflictivos y difíciles de sobrellevar. Siguen activos mi teléfono inteligente, mi computadora de escritorio, la tableta, los dos tripiés, los tres cargadores, el regulador de electricidad, el servicio de cable y los contratos de luz eléctrica, de arrendamiento. Crecimos una segunda Alexa (que ahora compite con la anterior) hablando ambas cuando quieren y se pelean por elegir la música que les da la gana, si las/me dejo. Ahora hay tres memorias teragigabíticas y un nuevo control remoto, porque el antiguo se extravió, sin ninguna explicación.

Llevo tomadas, 12000 fotografías desde puerta, ventanas, terraza y exteriores.

He subido 900 posts repartidos en Instagram, Twitter y Facebook. He leído y respondido 5400 emails. Estoy ya en las 288 mil palabras escritas. 288 mil palabras pronunciadas por lo menos en tandas de a 1800 por hora-clase.

Pausa lava manos.

48 de los 494 días transcurridos llevo jugando UPWORDS, el juego con que he sustituido a SCRABBLE.

¿Netflix? Perdí la cuenta de las cintas vistas en Netflix, cesaron los monólogos priápicos de Donald Trump, desde La Casa Blanca y yo descontinué mis vistas rutinarias de CNN y MSNBC y retomé al tiempo de lecturas y trabajo manual de forma tan obsesiva que puedo decir que pasé un mínimo de 8400 horas encuadernando, doblando o formando hojas de papel. Participé en un programa con la asociación de artistas del libro que involucró la realización de cuarenta sellos en vinilo, con sus respectivas miniaturas, y viente postales originales que volaron por siete estados de EEUU, distintos, a través de seis asociaciones de artistas del libro de todo el país.

Prevalece, pese a la gran riqueza de interactuar con gente de todas partes del mundo, la sensación de que en lugar de recluirnos en casa, nos hubiésemos teletransportado a un mundo alterno, en un viaje sin retorno.

¿Lo adivinas? Sigo leyendo cuento, a Edgar Allan Poe y Bradbury, sumé la relectura de Cortázar, Arredondo, Valenzuela, Peri Rossi, García Márquez, más Calvino. Escribir y leer, es como en otras épocas difíciles, mi talismán, mi prisma, mi Aleph. Nada tendría sentido sin esas terapias sanadoras de papel y tinta, a las que se sumaron las acuarelas, las impresiones, la caligrafía antigua y la crónica. Reviví un promedio de tres crónicas por día, publicadas en diarios y que ahora reúno en un compendio de crónica urbana sangieguina y rivereña que calculo terminaré para el próximo verano. También preparo un compendio de entrevistas y avanzo en mi libro de Microgenealogías.

¿La familia? Ya lo dije, en pausa, hasta otra vida.

¿Las manos de tocar, sentir, reconocer y vibrar el mundo real? Desde que inició el recogimiento, ya van 31, 516 enjabonadas diarias con jabón antiséptico, en una faena lavadora que ya dura 1,386,704 segundos, equivalente a unas 385 horas de lavado de manos. Las muertes por COVID disminuyeron, desde enero en que empezaron las vacunas. Yo ya estaba vacunada para fines de abril, pero sigo recitando el segundo soliloquio de Segismundo en La vida es sueño mientras escucho el chorro caer. También llevo barbijo cuando salgo y respeto la sana distancia en calles y establecimientos.

Malas noticias.

Pasarán décadas antes de que podamos olvidar esta pandemia con su encierro y sus dolores. No todo es reto espacial, también ha habido lágrimas. Recién repuntan las muertes por COVID y sus variantes, pero el número de personas fallecidas por esta plaga infernal es ya estremecedor. Me duelen todos, los conocidos y los no conocidos, pero lamento mucho que nos dejen los amigos, no solo por COVID, que ya es muy triste, sino también por otras causas médicas que les tocó padecer solos, en aislamiento.

El humor sirve para sobrellevar las horas, quien lo duda, pero convive con la depresión, la ansiedad y el río revuelto del futuro que nos arrastrará (se abre una elipsis)

Cuanto ocurre en el mundo laboral se reflejará en recortes a la cultura y a la educación, ya lo sabemos, así que cierro con algo de optimismo… Me congratulo de vivir en California, estado en donde las medidas de aislamiento permiten vislumbrar una luz, por más que tenue, al final del túnel. Espero que la votación revocatoria sea favorable al gobernador que nos ayudó a sobrellevar esta pandemia.

Y todavía no sé si firmar Revirtual sumisa, Viral Remisa o Redomada (a secas).

18 de agosto, de 2021.


 

En el reino de los árboles

Ayer salí a la terraza.

Mi encuentro momentáneo con el árbol

que alimenta mi ventana de color

y colibríes

me permitió ver la vida desde un ángulo nuevo.

 

Primero no lo noté,

pero cuando mi hija comentó que tenía más flores hoy,

me percaté de que me hablaba

desde sus brotes luminosos de fucsia y amarillo.

 

No debe haber mayor alegría en mi espíritu,

que esa secreta conexión con ese árbol,

que desde mi llegada a la avenida Herschel,

reinauguró su fiesta de botones y capullos.

 

Y es que yo respiro en él, desde mi nueva existencia,

al otro lado de la ventana,

aquellas buganvilias de la calle de Aldama,

humedecidas al caer de la tarde

y frescas de gotas de rocío,

cada amanecer.

 

Y en él, revivo al colorín de mi ventana de la calle de Vergel,

¿era Pirul?

Llamando a golpecitos sobre el vidrio, con esos dedos,

esos dedos de flor de sangre,

estirándose, al despertar,

Dignos de este memorial de árboles reyes.


 

Microbiología de la inmovilidad o La COVID en tiempos del odio

¿Tregua consumista o guerra de papel higiénico? Me gustaría ver la cara de Jean Baudrillard ante esta encerrona global. ¿Era George Orwell? ¡Nos ganó la ficción! ¿Recuerdan la manía de Aureliano Buendía de que nadie se le acercara? En mi estudio de Yoga impusieron 18 pulgadas entre tapetes. Radio a brazos abiertos aparte, no queda sino encender la creatividad luego de la cafetera, pues esto va para largo. 

Cada mañana se repite el fondo bucólico de los personajes del realismo rural de Grant Wood, en Gótico Americano. Solo que estos humanos, petrificados, damos paso a la parvada de gaviotas aposentada en la azotea; escandaliza, para asentar que hay vida más allá de la puerta. Si salimos, planea sobre nuestras cabezas, vigilante de nuestra especie.

¿En dónde extraviamos la normalidad? ¿Nos detuvimos aquel nueve de marzo, con Las brujas del mar, luego de la marcha que fue del Zócalo hasta Sídney? Idos del sol. Se nos quedó la consigna -nadie se mueve- ¿presagiando? esta pausa indefinida. Ya a punto de llegar a la segunda centena, cabe preguntar si este machismo redivivo no repetirá las estatuas de sal de Sidón, castigadas de ver; o las ruinas de Pompeya, en placidez hedónica; o la orden de Josué de detener el sol y la luna y ganarle así, con tan solo el favor/fervor de dios, a los gabaonitas. 

Hoy, no extrañaría a Sor Juana, la repulsión por las mujeres se replica en todo. “Nasty” “horrible”, “awful”, llamó a Kamala Harris el bully presidencial. Harris acepta la nominación a la vicepresidencia (qué importa que sea el segundo puesto), aplaudo. La respuesta exterior -sonoras carcajadas-. Vuelvo a aplaudir, me pongo de pie y aplaudo hasta que los dedos comienzan a dolerme. Aislados, rara vez nos comunicamos… el odio partisano se siente en puntos neurálgicos, opera de aislante entre las ventanas.  

¿Qué ha pasado en el mundo mientras no mirábamos? Oficinas tapiadas de plexiglass, el correo lerdo, un mundo desvalido se resguarda, atenido a que lleguen medicinas, hisopos y barbijos de China. Pues si decimos “virus de China” -á la Trump-, tendríamos que decir hisopos, barbijos, medicinas, ventiladores, de China.

Así, detenidos en un paisaje que no avanza vemos acechar ya la cadena de otros virus, endógenos estos, -odio, violencia, xenofobia, indiferencia, supremacismo, misoginia, fanatismo, selfitis.  Las precisiones por COVID dejan de ser vertiginosas  -9 estados, “cerrados”, al igual que las aulas y planteles- y ya perdí la cuenta del número de pasos que horadan la rutina del confinamiento, donde los muertos dejaron de ser estadísticas para tomar el nombre y el rostro de algún amigo o familiar. (Continuará.)


 

De la desenfadada existencia de los cardos y las espinas 

Nos amaestraron a desconfiar de las espinas

y a sentir repugnancia por los erizos.

¿La endrina? ¿El ocotillo? ¿Las acacias?

Presagian el dolor,

aguzando en sus cardos la malicia,

con la que luego rechazamos al puercoespín…

sumando a la fealdad de zarzas y de ortigas…

Y ni Huidobro, ni Sor Juana,

cantaron a favor de la agudeza

de las útiles puyas de las rosas…

Sin reparar, ay no,

que solo quien tasa la espina sabe lo que carga

o, dicho de otro modo,

nadie sabe la puya que ha perdido…


 

Tiempos

 

y con sus mismos dedos invisibles
borre la identidad que nos separa

(Oda al tiempo, P. Neruda)

 

En mis tiempos,

eternizaron las abuelas,

para poner palabras

en cada una de sus alegrías;

bordando atardeceres,

sazonando sueños,

atizando al comal

sus decepciones.

 

Yo sacudí esos polvos;

la pizca de tristeza,

el puñito de dolor,

una espolvoreada de celos

sazonada con sal de mar

y bañitos de luna y ruda…

al punto del agobio.

 

A mi mechudo fueron a dar

esos secretos…

corrían, despavoridos

a la primera cubetada de agua.

 

En mi época,

machacaban las madres,

y arrancaban con su tarabilla…

cada regaño una advertencia,

cada paso el temor,

cada vuelco un “te lo dije”

y el mohín que duraba

o se nos atoraba en el pecho.

 

Yo plisé arrugas

y almidoné cuellos…

rociados para incitar

los vapores de la plancha,

a lágrima tendida

y polímeros amilosos.

 

Pero llegaron estos tiempos turbios

de las plagas…

taponaron el caño

-el plomero levantó como si fuera trofeo

la densa bola de cabellos-

Se aposentó el cochambre,

se abollaron las ollas,

y nos crecieron pilas de trebejos

y montones de ropa sin lavar…

 

tiempos que escurren

entre trastes sucios,

insomnios largos

poblados de preguntas,

el café que se cuela

con la lluvia

-a veces cierzo, otras tormenta-

y el frío,

que cala hasta los huesos…


Sacando cuentas

 

“Cuando a las manos te inclines,

de tanta gracia estén llenas…”

 

Cuando pares de refregarte,

con esa esencia de eucalipto o el esplendor de oliva,

A tres cuartos de minuto por faena,

y sin contar el secado y los pasos que le siguen.

Manos saneadas,

purificadas,

listas…

para asir toda la infalibilidad ritual de esta nada,

que ni toca, ni acaricia, ni manosea nada…

 

¿Has hecho cuentas?

Cuatro minutos

de cada hora

suman, al cabo de cada día,

unos noventa…

Ahora nos explicamos por qué se disparó

el cobro del agua desde el pasado marzo.



Jícama/Xicamatl*


Cuenten que viví tiempos en que la guerra

se libraba por el arrojo de un Menelao

frutero que montaba su negocio móvil,

clandestino, frente al Liceo francés,

sobre la calle de Homero, entre Plinio y Solón,

en la colonia Polanco de la ciudad de México.

 

Giro de rueda,

rechinido de bielas,

tumbado del canasto

sobre la rejilla trasera.

 

Sofoca,

libertina chilosa,

río levantisco,

surgido de la cubeta de agua sucia…

 

¿La escuchas?

Es esa ronca sincronía

de las frutas prohibidas

que contrasta

con la chicharra ensordecedora del Liceo.

 

El filo taja el vientre tuberoso…

que retintinea al otro lado de la reja.

En una larga hilera,

los clientes empujan, se empujan…

Puedo oírlos decir “¡Todos por una jícama!”

y hacer chocar las monedas metálicas

que van a dar al bolso del delantal…

 

Los compradores urgen:

«¡Una con todo para mí!»

«¡Con chile!»

«¡Sin chile!»

«¡Voy yo, voy yo…!»

 

En esta Ilíada personal, en mieses,

me pillas una y otra vez…

Salpicadura del limón

que alcanza al ojo

y tienta a la nostalgia,

con sus lágrimas…

 

Madame Sonchifolia

reverbera.

Pelenga crujiente

de mi adolescencia,

que liberas tus raíces

en la cubeta de agua sucia.

En ti reviven

la trifulca de Vochos,

camionetas Valiant,

Barracudas y Chevelles;

el claxonazo y el insulto,

la doble fila y los acelerones…

Competencia que, desde las ventanas,

sintetiza el rock y los boleros,

Clyderman y los Beatles,

Carlos Santana y los APSON Boys.

 

Guerra homérica, discorde,

entre el naturalista Plinio y el democrático Solón…

 

Y la señora Vélez (¿era madame Velèz?)

truena dedos, en pro de su hija Pilar,

por el primer pedazo.

Y zumba en mi oído,

el agüe Eloy,

que augura triquinosis fulminante…

¡a quién se atreva!

 

Chirria,

pringosa y cósmica,

acidez que escalda

al punto del espasmo…

Sal en surcos,

pavesas encendidas de piquín,

tronantes,

contra el primer mordisco atropellado.

 

Un lengüetazo desafía la gravedad,

salva el momento,

lame ruidoso los nudillos

y los pliegues

 

Chorro fugaz,

deleite efímero,

escándalo de comerte, sin recato,

-el agüe dice que espantando el hambre-

Desde el camellón,

a donde cruzo

para probarte, sin permiso.

 

Corre, estruendosa cascada

que alientas el coraje,

por tres o cuatro cuadras,

o cuatro o cinco décadas,

o seis o siete vidas…


*Nota: Poco antes de iniciar la pandemia, dimos comienzo a un taller literario en mi universidad. Llevábamos unas tres sesiones que luego se prolongaron por unos meses más, vía Zoom. En este primer trabajo de taller, solicitamos un poema que fuese todo sensación visual, pero sobre todo sonora. Al final se trataba de hacer evocaciones en torno a alguna fruta. Yo pensé en la jícama, que desata los recuerdos de mi infancia y mi colegio. Y aquí va, el chorro de esas evocaciones.


Poemas y fotografía de María Dolores Bolívar. Toda reproducción de estos materiales está prohibida, salvo mediante autorización solicitada antes de su publicación.

Previous
Previous

Interpreting

Next
Next

Local Travels