“But I saw our world
and your world
and another.”
— ("Malinche" by Carmen Tafolla)
Esta entrevista fue realizada el pasado diciembre de 2020, para el programa digital Transborder, conducido por Benjamín Anaya. Escúchala aquí mismo, en su versión completa.
Interpreting Old California
It all begins with an idea. Maybe you want to launch a business. Maybe you want to turn a hobby into something more. Or maybe you have a creative project to share with the world. Whatever it is, the way you tell your story online can make all the difference.
Genealogies
How do we trace our roots? Can we envision our long stretch into the heights? Our traveling nature turns us into those desert tumbleweeds, catching up earth and debris while spreading their seeds and blooming, aimlessly, after those rare desert storms. To trace our ascending lines, from this continent, carrying the name that points to our (dis)affinities is already an impossible task. Whether we take on towards the boats, in our maritime paths -to Cantabria and Guipúzcoa-, or to the millenary antiquity of our Toltec and Mexica genesis. ¿En dónde echamos raíces? ¿Hacia qué cielos se extienden nuestras ramas? Nuestra naturaleza viajera nos vuelve más como esas rodadoras del desierto que amasan hojas, tierra, desecho y ruedan y ruedan, sin rumbo, repartiendo sus semillas y floreciendo, en las de por sí escasas lluvias del desierto. Buscar nuestras líneas ascendentes, desde este continente en cuyo nombre ya inician las (des)afinidades, es una tarea casi imposible. Ya sea que tiremos hacia los barcos y nuestras rutas marinas -hasta Cantabria y Guipúzcoa-, o hacia las entrañas y antigüedad milenaria de nuestra génesis Tolteca y Mexica.
Nuestra familia es como los árboles. Un tronco, ramas y raíces que se bifurcan, por varias generaciones. Photo and text by María Dolores Bolívar.
How do we trace our roots? Can we envision our long stretch into the heights? Our traveling nature turns us into those desert tumbleweeds, catching up earth and debris while spreading their seeds and blooming, aimlessly, after those rare desert storms. To trace our ascending lines, from this continent, carrying the name that points to our (dis)affinities is already an impossible task. Whether we take on towards the boats, in our maritime paths -to Cantabria and Guipúzcoa-, or to the millenary antiquity of our Toltec and Mexica genesis. ¿En dónde echamos raíces? ¿Hacia qué cielos se extienden nuestras ramas? Nuestra naturaleza viajera nos vuelve más como esas rodadoras del desierto que amasan hojas, tierra, desecho y ruedan y ruedan, sin rumbo, repartiendo sus semillas y floreciendo, en las de por sí escasas lluvias del desierto. Buscar nuestras líneas ascendentes, desde este continente en cuyo nombre ya inician las (des)afinidades, es una tarea casi imposible. Ya sea que tiremos hacia los barcos y nuestras rutas marinas -hasta Cantabria y Guipúzcoa-, o hacia las entrañas y antigüedad milenaria de nuestra génesis Tolteca y Mexica.
Impresión mínima…
Doña Manuelita Zamacona
génesis y destino de los retratos
Las palabras de aquel hombre, el único que Manuelita conoció, además de sus confesores, padre y hermanos, la hacían estremecerse. […] se dedicó a escucharlo. Le hablaba de la revolución francesa y de la ilustración, le contó que en otros países se habían sacudido a la corona. Ya a punto de terminar el retrato que parsimoniosamente compuso para ella, se atrevió por fin a preguntarle su nombre y a pedirle que le prestara algunos libros.
—Mi nombre de lucha es —dijo blandiendo su pincel como si fuese una espada. —Leonardo y, usted, mi dama, no debe divulgar nada de cuanto hablamos. Le dejaré mis claves secretas sobre el lienzo para que recuerde esta máxima, cuando requiera de proceder sin ser vista.
De aquellas pláticas con Manuelita, en efecto, no se supo casi nada. El hermetismo con que se condujo la monja hasta su muerte no dio pie a dudas al respecto. Y aquel pintor, que desapareció de sus vidas al concluir su misión artística, reapareció en la ciudad, años más tarde, de miembro de una célula de independentistas.
Para colocar el cuadro, se decidieron por el pasillo principal, y eligieron, a sugerencia del artista, un ángulo de poca luz, apenas modificado por la presencia de un espejo, también de cuerpo entero, que pendía de un recodo, a punto de doblar, yendo hacia las recamaras, desde la estancia. Lo hicieron para resaltar el brillo de los hábitos blancos, lo que jugaba con la ilusión de quien lo observaba, haciéndolo parecer más real. Manuelita se mostró azorada al ver por primera vez su retrato, en aquella pared, sintiendo que quien se revelaba era otra, idéntica a ella, mirándola fijo, frente a frente.
Interpreting
Reunir, mezclar, fusionar, aglutinar, balancear, combinar, transformar, proyectar, armonizar, acopiar. Pensarás que preparo un guiso o que me dispongo a hornear y no. Interpretar es juntar gente, de distintas culturas e idiomas. Es como cocinar, pero más difícil; es como negociar, pero con más retos; parece fácil, pero es lidiar con la resiliencia, la resistencia, la objeción./ Blend, mix, fuse, merge, balance, combine, transform, project, compose, bring together. I am not about to cook or bake! To interpret is to bring together people from different cultures and languages. It is like cooking but harder; it is like negotiating yet all the more challenging; it seems easy, yet it meets resilience, resistance, objection.
But I saw our world
and your world
and another."
Malinche by Carmen Tafolla
“Do work that matters. Vale la pena”
Borderlands/La Frontera: The New Mestiza by Gloria Anzaldúa
Blend, mix, fuse, merge, balance, combine, transform, project, compose, bring together. I am not about to cook or bake! To interpret is to bring together people from different cultures and languages. It is like cooking but harder; it is like negotiating yet all the more challenging; it seems easy, yet it meets resilience, resistance, objection./ Interpretar es como echar en una cazuela las palabras -verbos, adjetivos, sustantivos, conectores varios- y luego menear, hasta lograr un todo aromático, apetecible… es la cultura, que en sus diversas caras y detalles, se expresa, fusionándose en un todo que reúne la manteca y las especias, la sazón y las fibras, los olores, los hervores, el caldo suculento, el delicioso encuentro de sabores y tiempos.
Life after the Pandemic
El tiempo quedó paralizado, convertido en una rutina sin dimensiones, tan solo un montón de pensamientos y preguntas… cerraba marzo de 2020. Solo se me ocurrió comprar una hamaca y algunas plantas para empezar a aventurarme a salir a la terraza, sentir el sol y respirar algo de aire fresco, allí, a cielo abierto. / Time came to a halt. Suddenly, we found ourselves trapped inside, nowhere to go, a boundless reality, tied to a bunch of random thoughts and questions…. right as March of 2020 was closing. In the meantime I’ve bought a hammock and some plants to take a few steps out into our deck, to feel the sun, and to breathe some fresh air, out in the open.
Mark this date.
It’s March again!
This is a date charged with meaning. I had just moved back to La Jolla, after years living in Mira Mesa, then Scripps Ranch. Our search for an apartment took the first part of 2019 and we were just getting ready for our first sunny season in cold, super cold La Jolla when the Pandemic started.
I have been indoors so much I feel it has become easy for me to refuse to go out. Every day, as I look outside through my windows, I revisit the miracle of finding this great place, where I have a view to a wonderful courtyard so green and flowery. I miss the freedom to go out to eat, anywhere I want. I miss the movies, the stores -my dreaded shopping sprees-.
The one thing I want to do if the world opens up again is travel, anywhere., take a train to Central California, visit a new place… Can I board the next ship to Mars?
In the meantime I have bought a hammock and some plants to take a few steps out into our deck, to feel the sun, and to breathe some fresh air, out in the open.
How will we remember this year of 2021? Vaccines, and a gradual come back to some sense of normalcy. I have become more aware of where I am. For the first time this year I paid attention to our Nextdoor posts. I kept track of the local stores that went out of business. It’s been a sad time, collectively. One challenge, to come to grips with how some people never learned about the importance of caring about others by wearing a mask. Is that incidental? The sign of our times?
I read today some reflections written by my friend, Manuel de Jesús Hernández about the high percentage of people who believe in conspiracy theories. The Washington Post, according to my friend’s reflections, had reported that 50% of people in the United States believe in at least one conspiracy theory, by 2015. The issue is not only a US issue. In the UK, 60 people admitted to believing in at least one conspiracy theory and in France, the number rose to 76%. To this sort-of paranoia, emanating by thoughts that view the world from the lens of broad conspiracies, we must prepare to leap ahead intuitively trusting that better times will come. In any case, I am looking forward to being in the company of good friends, something that may begin before the end of 2021.
Letanía para exorcizar los traspasos del COVID
Cuando acabe todo esto retomaremos la búsqueda de un jabón que huela bien y no curta…
(para que no se nos vaya de las manos esta realidad)
¿Va usted a preparar comida?
¡Lávese las manos!
¿Está a punto de tomar la sartén por el mango?
¡Lávese las manos!
¿Su primer bocado?
¡Lávese las manos!
¿Ese entrañable ser que cuida como la niña de sus ojos vomita o muestra signos de diarrea?
¡Lávese las manos!
¿Pasó su dedo por el papel filoso o se cortó con el cuchillo de picar finito?
¡Lávese las manos!
¿Usó el retrete luego de hacer girar la perilla de la puerta o las dos cosas, pero en distinto orden?
¡Lávese las manos!
¿Langareó a la hora en que otros echaban siesta?
¡Lávese las manos y, también, la vergüenza!
¿Dejó escapar un estornudo?
¡Lávese las manos!
¿Estrechó la pata del perro del vecino?
¡Lávese las manos!
¿Tuvo comezón en la nariz? ¿Carraspeó de repente? ¿Puso la bolsa de basura en el contenedor?
Por caridad, ¡lávese las manos!
¿Cantó nostálgico? ¿Lloró de gusto? ¿Armonizó la ira con el aburrimiento o el fondo con el amanecer? ¿Falseó el paso? ¿Respiró demasiado profundo? ¿Suspiró ruidoso? ¿Se quedó varias veces con la palabra en la boca?
¡Lávese los sueños y las noches en vela!
¿Deambuló distraído de la segunda a la tercera dimensión?
¡Lávese las manos y las intenciones!
¿Hizo calisténicos?
¡Lávese las manos y, si le gana la fobia, sígase con los sobacos!
¿Se hurgó las partes?
¡Lávese las manos!
¿Despertó sudoroso de la meditación?
¡Lávese la conciencia!
¿Tocó el suelo al momento de recoger una uva que rodó enloquecida al caérsele de su cuenco acartonado mientras la restregaba bajo el agua caliente?
¡Lávese las manos!
¿Se cansó ya de fregar y friccionar falanges, metacarpos y muñecas mientras el chorro de agua y el jabón confabulaban con olor a antiséptico difuminado de eucalipto y romero?
¡Vuelva y lávese las manos!
¿El Kundalini le disparó la energía y los humores?
¡Lávese las manos!
¿Litanus pecans?
¡Lávese, humano!
Y cuando menos hoy admita que entiende al tal Pilatos…
Y para no desgastar el ímpetu amasado entre el baldeo y el enjabonamiento…
Pídale a Alexa que se lo rememore, en voz alta, con un hint divertido.
¡Salió el sol!
¡Ya es la hora!
¡Ta ta ta tan!
Y repita el ritual
Por si las moscas…
Y cuando menos unas treinta veces – de a dos por hora lúcida- durante 22 segundos o los 44 que le toma recitar el cierre del segundo soliloquio de Segismundo…
¿Es la vida un frenesí?
¿Es la vida una ficción?
…
O vaya de rapero o de salsero improvisado
¿La ve? ¡la ve! ¡la besé!, la ve… se, seee, seee.. lave sééé ay pero lávese esas manos… láveselas, láveselas, láveselas…
Malas noticias
porque irse es como morir, lo afirmo,
y también que se muere varias veces…
¿De quién nos hemos despedido ya?
¿Qué presagio fatal detuvo al tiempo?
¿Qué noche del ayer cerró las puertas?
¿Qué tolvanera ha barrido nuestras huellas?
Morir, sin presentirlo,
en el andar que postergó el encuentro.
diáspora personal
que bebe agua
en las elipsis,
en el polvo
en los atardeceres.
¿Cuándo emprendimos el viaje sin retorno?
¿Qué hasta luego se tornó hasta otra vida?
¿Quién ya por última vez ha dicho nuestros nombres?
¿En qué caja olvidada se enmohece el recuerdo?
Morir es un enigma.
no omitas más vivir en el presente.
¿Qué taza humeante
beberás a solas,
remontando tardes,
silencios,
tolvaneras…
En mi tintero, el mar
Y tras la mascarilla de batik reconvertido…
Soy yo, río.
Me tomo la palabra y, por los ojos,
hablo en voz alta, en ese refunfuño que sale de la tierra y bufa.
Ya vuelta mar, fabrico textos grandes, medianos y pequeños;
pude decir profusos, moderados, breves.
Clavo en el centro de la mesa un tinto.
Ni el tiempo ni la prisa me han quitado la manía de tomar las rutas largas.
Camino despacio, sin dejar de mirar.
Llego tarde, sin pedir disculpas.
Me esmero en lo que pulo, sin pretender su resplandor.
¿Mirar atrás? ¡No! Solo dar con el punto de la combustión;
pedir, para otras vidas, la facultad de girar la cabeza
en círculo, como supongo que lo habrán hecho Las Gorgonas,
para petrificar de una mirada fulminante lo pasado.
Después, volar, ay, arrancar a hacerlo sobre el mar
Siguiendo el haz irrepetible del sol, de cada atardecer…
Estatuaria
“El cuerpo, el arpa y la sombra…"
Conjuro vuelto epígrafe, Alejo
Adoro las esculturas, pero no las estatuas.
Su realismo brutal me repele y horroriza…
¿No dicen acaso que Rodin colaba sus metales
sobre cuerpos inermes, bajo promesa de volverlos memorables?
No realcen a Moctezuma, ni a Cortés;
No quiero Ángel, ni Diana;
ni Tenamaztle, menos aún, Benito Juárez.
No hay una sola estatua en París, en la ciudad de México,
Washington o Roma que redimiría.
Las estatuas son una aberración al ojo;
eternizadas en metal;
tapizadas de moho, bacteria y suciedad de aves.
Por mí, que tumben a Colón y sus múltiples réplicas…
el que languidecía en su glorieta, entre La Reforma y Morelos,
o aquel que se podría por junio, en Almuñécar…
bajando la mirada, frente al Mediterráneo.
Que fundan a Junípero
y a ese Lincoln descomunal
de los hermanos Piccirilli y del francés Daniel Chester.
De la época que sea, de Jefferson o Washington;
con y sin pátina; a caballo o a pie; de mármol o de bronce;
en busto, en bulto, como sea, túmbenlas todas… ¡tumbémoslas!
¿Un Cid? ¡No! Solo su lanza, apuntando a la luna, para cerrar octubre…
Quitemos todas las estatuas y, en su lugar, pongamos fuentes,
calzadas anchas y arboladas.
Pero si es tanto el afán perturbador de remachar en seres ostentosos a los vivos…
quiero la estatua de un pelícano secándose en las rocas;
o a una mujer mirando al sol caer con cada tarde.
Al resto, por favor,
que lo bañen con ácido,
que le echen sosa cáustica…
como ya hicieron con El Caballito;
que lo refundan en un sótano…
y que retoñen libres,
en el hueco dejado,
fuentes,
lo dije ya,
esculturas,
bancas,
o claros, desde donde levantar la vista
y mirar, al cielo, a las estrellas o al futuro…
Si les tiembla la mano… destiérrenlas,
háganlas a la mar…
así sean Diana o Niobe;
la madre, la piedad, Cuauhtémoc, Trajano, César…
¿Le sigo?
Yo no quiero a Marina ni a Josefa…
Ni siquiera a Gertrudis, en recuerdo de tanta inequidad
nítidamente calcada a piedra y cincel.
Dejen en paz, en cambio, a las palmeras, a las rocas salientes,
a los soberbios arrecifes.
Y en esa nueva oquedad conciliatoria…
Que sobrevivan memoriosas La guardiana del agua del edificio del condado en mi adoptiva San Diego;
Hélio, último náufrago de Rodas,
y los brazos perdidos de Victoria, la de Samotracia, para por fin
curarse las alas.
Por hoy, es todo… 12 de octubre, de 2020.
[Descargo de responsabilidad:
Cualquier pensamiento que trascienda los límites de este poema, no es responsabilidad de la poeta. Aunque parezca que no hay fronteras entre la realidad y la ficción, las hay, sanas y firmes, por dentro y por fuera de la realidad y de las engañosas pantallas luminosas.]
Mi mamá se asea, mi mamá baldea, mi mamá se lava las manos
Las compulsiones que el COVID ha venido a despertar
Madre se lava las manos un promedio de cuatro veces por hora.
Dado que padece de insomnio y visto que toma el doble de lo prescrito
-mandaron un mínimo de 22 segundos-
Hemos notado que ella, en lugar de tararear el Happy Birthday,
se receta unas ochenta veces por día
algún fragmento de Calderón de la Barca o de Lope
rozando el borde de los 44 segundos…
Para cuando acaba de refregarse,
con la sanga natural o el esplendor de oliva,
Ya se llevó tres cuartos de minuto en la faena,
sin contar el secado y los pasos que siguen.
Manos saneadas,
que infalibles conducen a una nueva tarea
y de nuevo al ritual.
“Cuando a las manos te inclines,
de tanta gracia estén llenas…”
¿Has hecho cuentas?
Cuatro minutos,
de cada hora,
suman, al cabo de cada día,
unos noventa…
Ahora nos explicamos por qué se disparó
el cobro del agua este pasado marzo.
La rareza de ser Tuba/Oddity of Tuba in Bb*
Tubas are tubas
Have you ever wondered what fits inside a Tuba?
I searched endlessly
and finally came up
with…
A lot to sort out…
¿Las tubas son eso y nada más?
Espacio, tiempo, grandeur en tonos bajos, bajísimos, sostenidos.
¿Te preguntaste qué cosa llega a caber en una tuba?
Busqué breves segundos
y di
con…
[dos golpes de obturador]
No supe si la tuba capturó el gusto de aquella congregación…
O si fui yo, quien al accionar la cámara,
justo antes del desfile,
apuró la escena,
donde las cosas, hartas de un mundo vacuo
se recluyeron en sus interiores,
huyendo del presente
tan plástico,
hacia esas cavidades laberínticas
metálicas,
pesadas…
Entonces,
mi lente dio, sin esperarlo,
con la superficie cambiante
de su cuerpo descomunal,
modificado a
luz y bronce.
Aquella plasma rítmica
de las cosas del mundo…
[afinación de tuba, tu ru ru ru ru ru ru… seguida por escandalosas risas.]
Y ahí estuvieron,
la torre agigantada
receptora feliz de una base ovoide,
reconstruida a su medida,
virtud de la fachada acuosa del metal.
El danzante, merenguero y jovial,
que parecía
como transfigurado,
más esbelto y agraciado
que nunca.
La realidad,
vista a través de uno de esos espejos
que distorsionan cuerpos y rostros,
siempre cerrando
en una carcajada.
Los colores del tiempo
se encendieron…
avivados por el rojo encendido de mi poncho,
Y aparecieron también
las plumas de quetzal de una danzante
que humeaba salvia y copal
en una vasija, también muy colorida.
Y siguió
aquel sonoro letargo
empeñado en conjurar
la vacuidad insufrible del desfile,
llevado por las trompas
y las panzas
de aquel rutinario cortejo.
Ra ta, ta, ta, ta…
Y, claro, ahí aparezco yo
apurada, entre el primer grupo de outsiders
refugiados,
buscando sobrevivir…
salvarse.
Qué extraño
qué estrambótico
aferrarse, de balsa,
a una tuba
ronca,
solemne,
[tuuu, tuuu, tuuu.]
Y confundirse así en el laberinto interno,
la puerta de salida,
el orificio liberador,
de tan feroz protectora,
torpe,
gritona,
otra vez, ronca,
[tuuu, tuuu, tuuu, tu, tu.]
¿Como no solidarizarte
con la niña más alta de la orquesta,
la joven estudiosa,
tímida,
solitaria,
triste?
Cuando se dispersaron los contingentes del desfile
nos quedamos solitas Tuba y yo,
en esa imagen que todo lo eterniza,
para el recuerdo.
La capté de perfil, de frente, de tres cuartos…
La agrandé, la centré,
con los niveles altos,
el brillo que aletarga.
llenita de color…
[dos golpes de obturador…]
Tuba, otra vez.
Tuba ha…
¿Edward Gregson?
Tú, bah,
Tú va(s)
Tubaaaa, tubá, tú, tú, tú…
Flash deslumbrante inunda la pantalla, anuncia cierre.
[Corren las letras:
Cuentan que en el mundo de las tubas La Tuba Real (Tuba en si) es también la más grande entre los instrumentos de bronce.
Llega a medir, desdoblada, hasta 5.5 metros de extensión (más de ocho pies). Su existencia es descomunal y su rol de contrabajo, en franco desafío con la escala musical, alcanza sonidos que a veces más se asemejan a un ronquido…. Sigue un gruñido ronco y sostenido tuuuuuuuuu de una tuba en si (BbTuba) sobre fondo negro]
THE END/FIN
NUMERALIA (O dilo con números), transcurrido el día cuarenta.
Si has observado la cuarentena de Gavin Newsom, es hora de cuantificar -adiciones y pérdidas-. La rutina no se ha ido, aun si lo normal, como enseñar, dar consulta o calificar te recluye en esa reVIRTUAlidad que ahora transcurre desde algún rincón de cuarto o sala, en donde “el escenario”, “encuadre” o “telón de fondo” es clóset, librero, gabinete de cocina o cuadro (desaconsejable por su reflejo o contenido subliminal). Supongo que recorriste las poquísimas alternativas, calentón, librero desgobernado, o igualmente impresentable espacio del regadero. Acá, la elegida fue puerta del clóset, disimulada con rebozo de artisela azul marino que cae desde el tope hasta el suelo, para dar buen color, y ergonómicamente situada al lado izquierdo de ventana, desde donde es imposible regular al sol, el viento, la lluvia, los cantos enloquecidos de las gaviotas o el ruido ensordecedor de los espanta hojas, que los jardineros del lunes ponen a competir con mi voz, exactamente, a la hora de mi primera clase.
No todo es cuantificable, aunque espero que nunca midas usando “tremendous”, “a lot” o “bigly…” Tú, que buscas precisión, lector, quizás halles elocuencia en estos números:
Lavarse las manos 64 veces al día, durante un aproximado de 44 segundos, toma 47 minutos de cada día, por un total de 31 horas en lo que va de la cuarentena.
Aquí otras cifras, no menos disertas, de mi diario confinado.
1. Van 960 horas de encierro.
2. Me he sorbido 120 cafés (a razón de tres por día).
3. Me quedan entre 210 y 630 dólares que no gasté en Starbucks.
4. Si en lugar de bebérmelo, hubiese preparado las cinco tazas de café y las hubiera vendido al precio de una taza en Starbucks me hubiera ganado 5 mil dólares.
5. Va un mínimo gasto ahorrado de 480 dólares por la comida que hubiera hecho fuera de casa.
6. Llevo economizados 300 dólares de gasolina a razón de un tanque lleno por semana.
7. Recorrer mi apartamento de cabo a rabo me toma 12 pasos a lo ancho y 22 a lo largo. O un periplo imaginario de 264 pasos por ronda.
8. Tendría que darle la vuelta a mi departamento 37 veces al día para cumplir con el mínimo aconsejable de 10 mil pasos y no toparme con mi hija que debiere realizar la misma tarea diaria, con la diferencia de seis pies de distancia.
9. Mi oficina casera consiste en un espacio de 4 por 3 pies, extendidos entre una pared y la puerta del closet. Ahí concurren mis alumnos, contertulios, familiares, virtud de Zoom, Facebook, Facetime, Messanger y cuatro países repartidos en dos continentes y los tres estados más geográficamente extensos de Estados Unidos. También se activan un teléfono inteligente, una computadora de escritorio, una tableta, dos memorias teragigabíticas, dos tripiés, tres cargadores, un regulador de electricidad, mi servicio de cable, mis contratos vigentes de luz eléctrica, de arrendamiento, y una Alexa (no tan inteligente) que habla cuando quiere y elige la música que le da la gana, si la/me dejo.
10. Llevo tomadas, 1800 fotografías desde mi puerta, mis ventanas y mi terraza y exteriores.
11. He subido 120 posts repartidos en Instagram, Twitter y Facebook.
12. He leído 600 emails.
13. Estoy ya en las 48 mil palabras escritas.
14. Ya son, también, 48 mil palabras pronunciadas por lo menos en tandas de a 300 por una hora clase.
15. He intentado mitigar la ansiedad con 400 tazas de té de doce diferentes esencias que incluyen canela, manzanilla, tila, ruibarbo, cola de caballo, jengibre, valeriana, cabellos de elote, menta, romero, verde y blanco.
16. Por lo menos un total de seis de los cuarenta días transcurridos, en equivalencia de tiempo hora, llevo jugando UPWORDS, el juego con que he sustituido mi previamente favorito SCRABBLE.
17. Llevo ingeridos, 80 huevos estrellados.
18. 80 tazas de arroz.
19. 80 garrafones de agua de un galón (1200 vasos de agua)
20. 160 rebanadas de pan.
21. 120 papas.
22. 30 tazas de frijoles
23. 2 tazas de lentejas
24. 12 paquetes de pastas variadas.
25. 5 latas de atún
26. 20 pechugas de pollo.
27. 150 rebanadas de jamón
28. 150 rebanadas de queso.
29. Y 5 cajas, de a doce Lagunitas por caja.
30. ¿Netflix? Vi Velvet, Anne with an E, Grand Hotel, Self Made y hasta caí en los inframundos de Made in México, Palazuelos mi rey, antes de empezar con las películas, La casa de mi padre, It´s a disaster, A Little Chaos… Noticias y cómicos por cable, todos los anteriores o un promedio de dos a tres horas por día (contando con el régimen severo que me sacó de ver, por conciencia del deterioro técnico, de cinco a seis, a lo que se suman la hora de breviario de España (a eso de las 2 de la madrugada), la mañanera de López Obrador, que debería obrar como remedio oportunista para los desganados y los reportes del “task force” o monólogos desde La Casa Blanca, donde mi cerebro es sometido a tortura, a veces durante una hora.
Ya termino, sé que tengo dos hijos amorosos porque a una me la topo en nuestro diario caminar por el mismo espacio, casi sin tocarnos. Al otro, lo importuno con mis conversaciones vía Echo y le agradezco que se haya puesto voluntario para surtirnos de casi todo lo que nos hace falta, dejando en nuestro porche los productos de sus compras puntuales y previsoras. Y tengo un nieto con quien he aprendido a comunicarme vía robots, computadoras, plataformas de cámara y juegos divertidos como Golf Battle y Sushi Go.
No sé si firmar Revirtual sumisa, Viral Remisa o Redomada (a secas).
Los finales de abril de 2020.
NUMERALIA DE LA CINCUENTENA (O dilo con números)
Dicen que los años nones son años de dones
Y que los años pares son años de males
(de la sabiduría popular)
¿Será que los años bisiestos, 2016, 2020, traen consigo 24 horas adicionales de males?
Observo la cincuentena de Gavin Newsom (gobernador de California, el estado donde resido en diáspora). Aun si lo normal -enseñar, dar consulta o calificar- se cobijó en la reVIRTUAlidad, que empiezo a asimilar ya de nueva rutina.
Desde el 13 de marzo (para mí) todo fluye (o se estanca), en algún rincón de cuarto o sala, en donde solo cambia “el escenario”, “encuadre” o “telón de fondo”.
Supongo que todos llevamos recorridas las poquísimas alternativas -calentón, librero desordenado, o regadero familiar-. Acá, la elección recayó en la puerta de un clóset, disimulada con rebozo de artisela -sustituí el azul marino por uno de rombos en blanco gris y negro, por su neutralidad- y que sigue cayendo desde el tope hasta el suelo, con poder difuminante, como esas cascadas de edificio corporativo, hechas de hilos de agua sintéticos. El punto, al lado izquierdo de ventana, lleva en su luminosidad, también, su desventaja… Es imposible regular al sol, el viento, la lluvia, las sirenas de las ambulancias, los cantos enloquecidos de las gaviotas y el ruido ensordecedor de los espanta hojas, que los jardineros del lunes hacen competir con mi voz, a la hora de mi primera clase.
Tener trabajo y cobertura de salud, dadas las actuales circunstancias, constituye un golpe de suerte. Vayan algunas cifras de mi diario confinamiento que ya suma 1248 horas.
El gasto y las economías.
He sorbido 152 cafés (a razón de tres por día), lo que representa entre 273 y 819 dólares que no dilapidé en un Starbucks. Si en lugar de bebérmelo, hubiese vendido las cinco tazas de café que preparo en mi cafetera, al precio-taza vigente, hubiera ganado 1365 dólares. El doble si agregaba el cuernito o el pan de limón que abono a mi costoso trajín cafetero.
Va un mínimo gasto ahorrado de 624 dólares por comida fuera de casa. Llevo economizados 420 dólares de gasolina, de a tanque por semana. Entre las cantidades de comida o bebidas ingeridas, mencionaré 100 huevos estrellados, 90 tazas de arroz, 100 garrafones de agua (1500 vasos de agua), 180 rebanadas de pan, 140 papas, 30 tazas de frijol, 2 tazas de lentejas, 15 paquetes de pastas, 10 latas de atún, 27 pechugas de pollo, 170 rebanadas de jamón, 170 rebanadas de queso y 7 cajas de a doce Lagunitas (84 Lagunitas).
¿Mitigar la ansiedad? Me he servido 400 tazas humeantes de doce infusiones distintas, que incluyen canela, manzanilla, tila, ruibarbo, cola de caballo, boldo, jengibre, valeriana, cabellos de elote, menta, romero, té verde y té blanco.
También ha habido ahorro considerable del papel de baño, escaso, sin explicación.
Vuelta al día en 37 rondas de 264 pasos.
Recorrer mi departamento toma 12 pasos a lo ancho, por 22 a lo largo, o un periplo imaginario de 264 pasos por ronda. Tendría que dar la vuelta a mi departamento 37 veces al día, para cumplir con el mínimo aconsejable de 10 mil pasos. Eso sin toparme con mi hija que debiere realizar la misma tarea y mantener una distancia de 6 pies (1.86m) conmigo.
Mi oficina casera consiste en un espacio de 4 por 3 pies (91 cm por 1m), extendidos entre una pared y la puerta del closet. Ahí concurren mis alumnos, contertulios, familiares, virtud de Zoom, Facebook, Facetime, Messanger y cuatro países repartidos en dos continentes y siete estados que incluyen Indiana, New Jersey, New York, Illinois, California, Arizona, Texas. También se activan un teléfono inteligente, una computadora de escritorio, una tableta, dos memorias teragigabíticas, dos tripiés, tres cargadores, un regulador de electricidad, mi servicio de cable, mis contratos vigentes de luz eléctrica, de arrendamiento, y una Alexa (no tan inteligente) que habla cuando quiere y elige la música que le da la gana, si la/me dejo.
Llevo tomadas, 2000 fotografías desde puerta, ventanas, terraza y exteriores.
He subido 150 posts repartidos en Instagram, Twitter y Facebook. He leído y respondido 900 emails. Estoy ya en las 48 mil palabras escritas. 48 mil palabras pronunciadas por lo menos en tandas de a 300 por hora-clase.
Pausa lava manos.
8 de los cincuenta y dos días transcurridos llevo jugando UPWORDS, el juego con que he sustituido a SCRABBLE.
¿Netflix? Vi Velvet, Anne with an E, Grand Hotel, Self Made, 90 Day Fiancee, Before the 90 Days y caí en los inframundos de Made in México y Palazuelos mi rey, antes de reducirme a las películas, La casa de mi padre, It´s a disaster, A Little Chaos… ¿Noticias y cómicos por cable? De a dos o tres horas por día. Recorro, también, el breviario de España (a las 2 de la madrugada), la mañanera de Andrés Manuel López Obrador (remedio oportunista para los desganados de las 6 -hora variable-), y los reportes del “Task Force” o los monólogos priápicos de Donald Trump, desde La Casa Blanca.
Empezamos a preguntarnos si tan pobre oferta televisiva no antecede ya a la realidad virtual definitiva, donde el concepto de tiempo y espacio no volverán a lo de hace 52 días. Como si en lugar de recluirnos en casa, nos hubiésemos teletransportado a un mundo alterno, en un viaje sin retorno.
¿Lo adivinas? De noche leo a Edgar Allan Poe y a Bradbury y Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino. Unas semanas antes de la pandemia, inicié un taller literario que sigue, viento en popa, y donde comparto escritos de ficción y minificción con el escritor valenciano Marcos Neroy, la escritora mexicana Martha Cerda y mis contertulios locales, el escritor y profesor de literatura José Mario Martín Flores y los alumnos del posgrado María Núñez y Michael González. Escribir y leer, como en otras épocas difíciles, son talismán, prisma, Aleph. Nada tendría sentido sin esas terapias sanadoras de papel y tinta.
¿La familia? Tengo dos hijos amorosos y un nieto repartidos en dos domicilios unidos por Echo, nuestro sistema de comunicación virtual, y nuestros respectivos teléfonos celulares.
¿Las manos de tocar, sentir, reconocer y vibrar el mundo real? Desde que inició el recogimiento, me las lavo 64 veces al día, con jabón antiséptico, por 44 segundos. Esta labor lavandera suma 47 minutos, por un total de 40 horas (hoy es el día número 52). Supe (vía CNN) que durante abril murió una persona cada 44 segundos en Estados Unidos (66 mil 075). La coincidencia angustiosa de saber que en lo que yo me lavo las manos, recitando el segundo soliloquio de Segismundo en La vida es sueño, un paciente muere de COVID en suelo estadounidense, es estremecedora.
Malas noticias.
Pasarán décadas antes de que podamos olvidar esta pandemia con su encierro y sus dolores. No todo es reto espacial, también ha habido lágrimas. Mi hija nos dio un buen susto, con fiebres altísimas de 104 grados que la llevaron al hospital, el 25 de marzo, por una inexplicable meningitis viral de la que se repuso, ahora sé que milagrosamente.
El humor sirve para sobrellevar las horas, ¡quién lo duda!, pero convive con la depresión, la ansiedad y el río revuelto del futuro que nos arrastrará, acto seguido, con sus ya 33 millones de desempleados oficiales (¡uf!).
Cuanto ocurre en el mundo laboral se reflejará en recortes a la cultura y a la educación, ya lo sabemos, así que cierro con algo de optimismo… Me congratulo de vivir en California, estado en donde las medidas de aislamiento permiten vislumbrar una luz, por más que tenue, al final del túnel.
Todavía no sé si firmar Revirtual sumisa, Viral Remisa o Redomada (a secas).
2 de mayo, de 2020.
La Quinientena.
NUMERALIA de la Quinientena (o describe con números 494 días de aislamiento.)
Vamos a la mitad del octavo mes, día 18, lo que ya suma 230 días del 2021 de permanecer preferentemente en casa, con salidas muy reducidas a lo esencial. La suma cuarenténica es de 494, repartidos en 17 meses de aislamiento casero desde que se desató la fiebre de la COVID y sus consecuentes medidas que cerraron las economías y suspendieron las caricias, los abrazos, las pláticas y cursos presenciales, los museos, las bibliotecas, los campus universitarios (en su funcionamiento habitual) y, en gran medida, casi todo lo no comercial en lo que va incluida casi toda la vida cultural. Durante el mes de agosto que transcurre he sabido que abren algunos museos, y están a todo lo que dan los restaurantes, las tiendas y las playas. También abrieron muchas escuelas y establecimientos públicos, lo que permite suponer que el repunte de contagios de la variante delta ha vuelto a incrementar la amenaza exterior. Así y todo, escribo esto desde mi casa, a 5 días de volver al campus de SDSU y abrir el nuevo año escolar universitario 2021-2022.
Quedó rebasado el dicho ese de los años pares y nones como portadores de dones o males… Pues non y par, la década del 20 abrió con muy malas noticias para todos. En una primera observación quiero aclararte que me parece que han transcurrido casi mil y no casi quinientos días de aislamiento, hasta esta fecha.
Gavin Newsom (gobernador de California, el estado donde resido en diáspora) enfrenta ahora una elección especial para la revocación de su mandato y el gobernador del estado de Nueva York, aunque por causas otras que la quinientena (muy reprobables por cierto), fue obligado a renunciar. Transcurre agosto sin que vuelvan a alzarse los seguidores de Trump mientras los Talibanes (terroristas levantiscos de Afghanistan) se apoderaron de Kabul, volviendo nuestra rutina periodística de los Montescos y los Capuletos en mera caricatura para todo público, frente a la angustia televisada de millares de personas intentando subir a un avión para escapar de aquella nueva realidad que también nos afecta.
El verano puso en receso la educación virtual, conmigo de maestra, pero apuró la mía propia. Con gran laboriosidad aprendí nuevas puntadas de encuadernamiento, técnicas del libro de artista, impresión en placa de gel, pintura en acuarela y composición. Terminé de editar y publicar quince entrevistas y escribí un promedio semanal de 1700 a 2000 palabras. También intensifiqué mis lecturas, manteniéndome lejos de los noticieros durante por lo menos un total de 90 días.
Desde el 13 de marzo (2020) la vida fluyó o continuó estanca, modificando apenas “el escenario”, “encuadre” o “telón de fondo”. Hoy me ubico en un rincón de mi departamento orientado hacia el sur donde la mayor parte del día reina un ambiente fresco, bien ventilado y llenito de luz. De encuadre tengo los gallos de Iliana Hernández, una de muchas escritoras que conocí durante esta pandemia. Por lo demás, sigue reinando el tiradero habitual, con algunos gramos de papel acumulados y muchos kilogramos de grasa en las subidas carnes de mi entorno.
Entretanto, la casera prohibió las plantas y redujo los días de jardineros con su soplador de hojas -no entiendo si la disminución de tiempo se debió a que uno de los árboles del jardín se cayó. Pese al decremento por ruido de jardinería, aumentó la contaminación sonora procedente de tres obras que restituyen a los edificios de apartamentos y condominios de mi calle la posibilidad de rentar más caro, a inquilinos que con trabajos si ajustan los alquileres de antes de la Pandemia. La expectativa de volver al salón de clases, pese a las mascarillas y el temor a los contagios de nuevos virus y variables hace mis días. Terminó ya el entrenamiento de reajuste al campus en la modalidad presencial, mismo que fue pagado a la mitad de tiempo y compensación que tomó el ajuste a la modalidad virtual.
Sigo diciendo que tener trabajo y cobertura de salud, dadas las actuales circunstancias, constituye un golpe de suerte. Vayan algunas cifras de mi diario confinamiento que ya suma un número aproximado de 11,856 horas.
El gasto y las economías.
Dejé por completo el café, desde el pasado mayo, así que adiós a las economías por concepto de café y distancia indefinida con las compañías Starbucks, Peet’s y Pannikin, salvo que sea hora de pedir taquitos de papa, pastelillos de limón o licuado de vainilla. El desaparecer de mi vida también me impide calcular las muchas tazas de café que me bebí durante los 400 días que precedieron a los noventa que llevo sin los efectos de esa milenaria planta mágica en mi cuerpo.
Va un mínimo gasto ahorrado de unos 4000 dólares por comidas fuera de casa. Llevo economizados unos 3000 dólares de gasolina, de a tanque por semana. Entre las cantidades de comida o bebidas ingeridas, mencionaré 600 huevos estrellados, 540 tazas de arroz, 500 garrafones de agua (9000 vasos de agua), 1080 rebanadas de pan, 840 papas, 180 tazas de frijol, 12 tazas de lentejas, 90 paquetes de pastas, 60 latas de atún, 162 pechugas de pollo, 1020 rebanadas de jamón, 1020 rebanadas de queso y 42 cajas de a doce Lagunitas (504 Lagunitas).
¿Mitigar la ansiedad? Me he servido 2400 tazas humeantes de 14 infusiones distintas, que incluyen canela, manzanilla, tila, ruibarbo, cola de caballo, boldo, jengibre, valeriana, cabellos de elote, menta, romero, té verde y té blanco y a las que sumé limón y habiscus (flor de jamaica). Dejó de preocuparnos el papel de baño, sumando 45 los paquetes de diez rollos que se han sumado a esta época aciaga.
Vuelta al día en 37 rondas de 264 pasos.
Continuaron mis rondas de a 12 pasos a lo ancho, por 22 a lo largo, o el periplo imaginario de 264 pasos por ronda. A dar la vuelta a mi departamento 37 veces al día, para cumplir con el mínimo aconsejable de 10 mil pasos, esfuerzo que no siempre seguí, se sumó la posibilidad de remar o andar en una bicicleta y una lancha fijas. Y dejé de toparme con mi hija que volvió a trabajar fuera de casa.
Trasladé mi oficina casera al espacio más amplio de la sala de estar, obteniendo un pie de holgura por el ancho y el largo del espacio asignado, extendidos de ventana a ventana, con un ventilador de aire que refresca durante los escasos días de sol que nos ha dado agosto en este 2021. Alumnos y contertulios, virtud de Zoom, Facebook, Facetime, Messanger y cuatro países repartidos en dos continentes y siete estados que incluyen Indiana, New Jersey, New York, Illinois, Massachussetts, California, Arizona, Texas, siguieron concurriendo. La familia se esfumó en el éter de la excesiva convivencia virtual, del mismo modo en que la convivencia presencial pasada los hacía metiches, autoritarios, conflictivos y difíciles de sobrellevar. Siguen activos mi teléfono inteligente, mi computadora de escritorio, la tableta, los dos tripiés, los tres cargadores, el regulador de electricidad, el servicio de cable y los contratos de luz eléctrica, de arrendamiento. Crecimos una segunda Alexa (que ahora compite con la anterior) hablando ambas cuando quieren y se pelean por elegir la música que les da la gana, si las/me dejo. Ahora hay tres memorias teragigabíticas y un nuevo control remoto, porque el antiguo se extravió, sin ninguna explicación.
Llevo tomadas, 12000 fotografías desde puerta, ventanas, terraza y exteriores.
He subido 900 posts repartidos en Instagram, Twitter y Facebook. He leído y respondido 5400 emails. Estoy ya en las 288 mil palabras escritas. 288 mil palabras pronunciadas por lo menos en tandas de a 1800 por hora-clase.
Pausa lava manos.
48 de los 494 días transcurridos llevo jugando UPWORDS, el juego con que he sustituido a SCRABBLE.
¿Netflix? Perdí la cuenta de las cintas vistas en Netflix, cesaron los monólogos priápicos de Donald Trump, desde La Casa Blanca y yo descontinué mis vistas rutinarias de CNN y MSNBC y retomé al tiempo de lecturas y trabajo manual de forma tan obsesiva que puedo decir que pasé un mínimo de 8400 horas encuadernando, doblando o formando hojas de papel. Participé en un programa con la asociación de artistas del libro que involucró la realización de cuarenta sellos en vinilo, con sus respectivas miniaturas, y viente postales originales que volaron por siete estados de EEUU, distintos, a través de seis asociaciones de artistas del libro de todo el país.
Prevalece, pese a la gran riqueza de interactuar con gente de todas partes del mundo, la sensación de que en lugar de recluirnos en casa, nos hubiésemos teletransportado a un mundo alterno, en un viaje sin retorno.
¿Lo adivinas? Sigo leyendo cuento, a Edgar Allan Poe y Bradbury, sumé la relectura de Cortázar, Arredondo, Valenzuela, Peri Rossi, García Márquez, más Calvino. Escribir y leer, es como en otras épocas difíciles, mi talismán, mi prisma, mi Aleph. Nada tendría sentido sin esas terapias sanadoras de papel y tinta, a las que se sumaron las acuarelas, las impresiones, la caligrafía antigua y la crónica. Reviví un promedio de tres crónicas por día, publicadas en diarios y que ahora reúno en un compendio de crónica urbana sangieguina y rivereña que calculo terminaré para el próximo verano. También preparo un compendio de entrevistas y avanzo en mi libro de Microgenealogías.
¿La familia? Ya lo dije, en pausa, hasta otra vida.
¿Las manos de tocar, sentir, reconocer y vibrar el mundo real? Desde que inició el recogimiento, ya van 31, 516 enjabonadas diarias con jabón antiséptico, en una faena lavadora que ya dura 1,386,704 segundos, equivalente a unas 385 horas de lavado de manos. Las muertes por COVID disminuyeron, desde enero en que empezaron las vacunas. Yo ya estaba vacunada para fines de abril, pero sigo recitando el segundo soliloquio de Segismundo en La vida es sueño mientras escucho el chorro caer. También llevo barbijo cuando salgo y respeto la sana distancia en calles y establecimientos.
Malas noticias.
Pasarán décadas antes de que podamos olvidar esta pandemia con su encierro y sus dolores. No todo es reto espacial, también ha habido lágrimas. Recién repuntan las muertes por COVID y sus variantes, pero el número de personas fallecidas por esta plaga infernal es ya estremecedor. Me duelen todos, los conocidos y los no conocidos, pero lamento mucho que nos dejen los amigos, no solo por COVID, que ya es muy triste, sino también por otras causas médicas que les tocó padecer solos, en aislamiento.
El humor sirve para sobrellevar las horas, quien lo duda, pero convive con la depresión, la ansiedad y el río revuelto del futuro que nos arrastrará (se abre una elipsis)
Cuanto ocurre en el mundo laboral se reflejará en recortes a la cultura y a la educación, ya lo sabemos, así que cierro con algo de optimismo… Me congratulo de vivir en California, estado en donde las medidas de aislamiento permiten vislumbrar una luz, por más que tenue, al final del túnel. Espero que la votación revocatoria sea favorable al gobernador que nos ayudó a sobrellevar esta pandemia.
Y todavía no sé si firmar Revirtual sumisa, Viral Remisa o Redomada (a secas).
18 de agosto, de 2021.
En el reino de los árboles
Ayer salí a la terraza.
Mi encuentro momentáneo con el árbol
que alimenta mi ventana de color
y colibríes
me permitió ver la vida desde un ángulo nuevo.
Primero no lo noté,
pero cuando mi hija comentó que tenía más flores hoy,
me percaté de que me hablaba
desde sus brotes luminosos de fucsia y amarillo.
No debe haber mayor alegría en mi espíritu,
que esa secreta conexión con ese árbol,
que desde mi llegada a la avenida Herschel,
reinauguró su fiesta de botones y capullos.
Y es que yo respiro en él, desde mi nueva existencia,
al otro lado de la ventana,
aquellas buganvilias de la calle de Aldama,
humedecidas al caer de la tarde
y frescas de gotas de rocío,
cada amanecer.
Y en él, revivo al colorín de mi ventana de la calle de Vergel,
¿era Pirul?
Llamando a golpecitos sobre el vidrio, con esos dedos,
esos dedos de flor de sangre,
estirándose, al despertar,
Dignos de este memorial de árboles reyes.
Microbiología de la inmovilidad o La COVID en tiempos del odio
¿Tregua consumista o guerra de papel higiénico? Me gustaría ver la cara de Jean Baudrillard ante esta encerrona global. ¿Era George Orwell? ¡Nos ganó la ficción! ¿Recuerdan la manía de Aureliano Buendía de que nadie se le acercara? En mi estudio de Yoga impusieron 18 pulgadas entre tapetes. Radio a brazos abiertos aparte, no queda sino encender la creatividad luego de la cafetera, pues esto va para largo.
Cada mañana se repite el fondo bucólico de los personajes del realismo rural de Grant Wood, en Gótico Americano. Solo que estos humanos, petrificados, damos paso a la parvada de gaviotas aposentada en la azotea; escandaliza, para asentar que hay vida más allá de la puerta. Si salimos, planea sobre nuestras cabezas, vigilante de nuestra especie.
¿En dónde extraviamos la normalidad? ¿Nos detuvimos aquel nueve de marzo, con Las brujas del mar, luego de la marcha que fue del Zócalo hasta Sídney? Idos del sol. Se nos quedó la consigna -nadie se mueve- ¿presagiando? esta pausa indefinida. Ya a punto de llegar a la segunda centena, cabe preguntar si este machismo redivivo no repetirá las estatuas de sal de Sidón, castigadas de ver; o las ruinas de Pompeya, en placidez hedónica; o la orden de Josué de detener el sol y la luna y ganarle así, con tan solo el favor/fervor de dios, a los gabaonitas.
Hoy, no extrañaría a Sor Juana, la repulsión por las mujeres se replica en todo. “Nasty” “horrible”, “awful”, llamó a Kamala Harris el bully presidencial. Harris acepta la nominación a la vicepresidencia (qué importa que sea el segundo puesto), aplaudo. La respuesta exterior -sonoras carcajadas-. Vuelvo a aplaudir, me pongo de pie y aplaudo hasta que los dedos comienzan a dolerme. Aislados, rara vez nos comunicamos… el odio partisano se siente en puntos neurálgicos, opera de aislante entre las ventanas.
¿Qué ha pasado en el mundo mientras no mirábamos? Oficinas tapiadas de plexiglass, el correo lerdo, un mundo desvalido se resguarda, atenido a que lleguen medicinas, hisopos y barbijos de China. Pues si decimos “virus de China” -á la Trump-, tendríamos que decir hisopos, barbijos, medicinas, ventiladores, de China.
Así, detenidos en un paisaje que no avanza vemos acechar ya la cadena de otros virus, endógenos estos, -odio, violencia, xenofobia, indiferencia, supremacismo, misoginia, fanatismo, selfitis. Las precisiones por COVID dejan de ser vertiginosas -9 estados, “cerrados”, al igual que las aulas y planteles- y ya perdí la cuenta del número de pasos que horadan la rutina del confinamiento, donde los muertos dejaron de ser estadísticas para tomar el nombre y el rostro de algún amigo o familiar. (Continuará.)
De la desenfadada existencia de los cardos y las espinas
Nos amaestraron a desconfiar de las espinas
y a sentir repugnancia por los erizos.
¿La endrina? ¿El ocotillo? ¿Las acacias?
Presagian el dolor,
aguzando en sus cardos la malicia,
con la que luego rechazamos al puercoespín…
sumando a la fealdad de zarzas y de ortigas…
Y ni Huidobro, ni Sor Juana,
cantaron a favor de la agudeza
de las útiles puyas de las rosas…
Sin reparar, ay no,
que solo quien tasa la espina sabe lo que carga
o, dicho de otro modo,
nadie sabe la puya que ha perdido…
Tiempos
y con sus mismos dedos invisibles
borre la identidad que nos separa
(Oda al tiempo, P. Neruda)
En mis tiempos,
eternizaron las abuelas,
para poner palabras
en cada una de sus alegrías;
bordando atardeceres,
sazonando sueños,
atizando al comal
sus decepciones.
Yo sacudí esos polvos;
la pizca de tristeza,
el puñito de dolor,
una espolvoreada de celos
sazonada con sal de mar
y bañitos de luna y ruda…
al punto del agobio.
A mi mechudo fueron a dar
esos secretos…
corrían, despavoridos
a la primera cubetada de agua.
En mi época,
machacaban las madres,
y arrancaban con su tarabilla…
cada regaño una advertencia,
cada paso el temor,
cada vuelco un “te lo dije”
y el mohín que duraba
o se nos atoraba en el pecho.
Yo plisé arrugas
y almidoné cuellos…
rociados para incitar
los vapores de la plancha,
a lágrima tendida
y polímeros amilosos.
Pero llegaron estos tiempos turbios
de las plagas…
taponaron el caño
-el plomero levantó como si fuera trofeo
la densa bola de cabellos-
Se aposentó el cochambre,
se abollaron las ollas,
y nos crecieron pilas de trebejos
y montones de ropa sin lavar…
tiempos que escurren
entre trastes sucios,
insomnios largos
poblados de preguntas,
el café que se cuela
con la lluvia
-a veces cierzo, otras tormenta-
y el frío,
que cala hasta los huesos…
Sacando cuentas
“Cuando a las manos te inclines,
de tanta gracia estén llenas…”
Cuando pares de refregarte,
con esa esencia de eucalipto o el esplendor de oliva,
A tres cuartos de minuto por faena,
y sin contar el secado y los pasos que le siguen.
Manos saneadas,
purificadas,
listas…
para asir toda la infalibilidad ritual de esta nada,
que ni toca, ni acaricia, ni manosea nada…
¿Has hecho cuentas?
Cuatro minutos
de cada hora
suman, al cabo de cada día,
unos noventa…
Ahora nos explicamos por qué se disparó
el cobro del agua desde el pasado marzo.
Jícama/Xicamatl*
Cuenten que viví tiempos en que la guerra
se libraba por el arrojo de un Menelao
frutero que montaba su negocio móvil,
clandestino, frente al Liceo francés,
sobre la calle de Homero, entre Plinio y Solón,
en la colonia Polanco de la ciudad de México.
Giro de rueda,
rechinido de bielas,
tumbado del canasto
sobre la rejilla trasera.
Sofoca,
libertina chilosa,
río levantisco,
surgido de la cubeta de agua sucia…
¿La escuchas?
Es esa ronca sincronía
de las frutas prohibidas
que contrasta
con la chicharra ensordecedora del Liceo.
El filo taja el vientre tuberoso…
que retintinea al otro lado de la reja.
En una larga hilera,
los clientes empujan, se empujan…
Puedo oírlos decir “¡Todos por una jícama!”
y hacer chocar las monedas metálicas
que van a dar al bolso del delantal…
Los compradores urgen:
«¡Una con todo para mí!»
«¡Con chile!»
«¡Sin chile!»
«¡Voy yo, voy yo…!»
En esta Ilíada personal, en mieses,
me pillas una y otra vez…
Salpicadura del limón
que alcanza al ojo
y tienta a la nostalgia,
con sus lágrimas…
Madame Sonchifolia
reverbera.
Pelenga crujiente
de mi adolescencia,
que liberas tus raíces
en la cubeta de agua sucia.
En ti reviven
la trifulca de Vochos,
camionetas Valiant,
Barracudas y Chevelles;
el claxonazo y el insulto,
la doble fila y los acelerones…
Competencia que, desde las ventanas,
sintetiza el rock y los boleros,
Clyderman y los Beatles,
Carlos Santana y los APSON Boys.
Guerra homérica, discorde,
entre el naturalista Plinio y el democrático Solón…
Y la señora Vélez (¿era madame Velèz?)
truena dedos, en pro de su hija Pilar,
por el primer pedazo.
Y zumba en mi oído,
el agüe Eloy,
que augura triquinosis fulminante…
¡a quién se atreva!
Chirria,
pringosa y cósmica,
acidez que escalda
al punto del espasmo…
Sal en surcos,
pavesas encendidas de piquín,
tronantes,
contra el primer mordisco atropellado.
Un lengüetazo desafía la gravedad,
salva el momento,
lame ruidoso los nudillos
y los pliegues
Chorro fugaz,
deleite efímero,
escándalo de comerte, sin recato,
-el agüe dice que espantando el hambre-
Desde el camellón,
a donde cruzo
para probarte, sin permiso.
Corre, estruendosa cascada
que alientas el coraje,
por tres o cuatro cuadras,
o cuatro o cinco décadas,
o seis o siete vidas…
*Nota: Poco antes de iniciar la pandemia, dimos comienzo a un taller literario en mi universidad. Llevábamos unas tres sesiones que luego se prolongaron por unos meses más, vía Zoom. En este primer trabajo de taller, solicitamos un poema que fuese todo sensación visual, pero sobre todo sonora. Al final se trataba de hacer evocaciones en torno a alguna fruta. Yo pensé en la jícama, que desata los recuerdos de mi infancia y mi colegio. Y aquí va, el chorro de esas evocaciones.
Poemas y fotografía de María Dolores Bolívar. Toda reproducción de estos materiales está prohibida, salvo mediante autorización solicitada antes de su publicación.
Local Travels
Viajar, a pie, llevados por el aliento que guía nuestros pasos del diario, como si cada aguacero antecediera a siete años de sequía./ How a rained street became the subject of this picture is a story in and of itself. Look at the wet pavement, the Eucalyptus bark, the sparkling surface. Now close your eyes and imagine the smells, the breezy sense of humidity that the rain leaves behind.
My favorite verb is to walk.
I am a natural traveler.
I can spend the rest of my life traveling locally. Everywhere I go there is something to see, at walking distance, provided you do not pick to live in a todays’ isolated suburbs. You’ve probably guessed I do not like walls, gates, fences. I like the openness of space and being able to visit a new place, just to check it out and sense how people live and what the landscape has to offer.
Most towns have a local store, a restaurant or many, museums (at least one), galleries, and monuments to photograph.
Community museums are the best part of my travels. I love to record the existence of personal or private collections. From the end of year 2013 to the end of 2016 I wrote for a local journal in Spanish about the county of Riverside. I walked every city in that county, inch by inch. To realize I had lived in San Diego nearly three quarters of my life and never set foot into most of Riverside’s landmarks gave me the shivers.
I made up the time lost. I snooped everywhere. I had an average of three stories a week to share, via Enlace, the name of the supplement I contributed my writing to. A lot of those articles can be read through the San Diego Union platform. They were fun to write and fun to research. One aspect I love about the experience is getting to know those members of the community who carry the burden of keeping community museums alive. Quite a task for which they seldom get any reward!
How a rained street became the subject of this picture is a story in and of itself. Look at the wet pavement, the Eucalyptus bark, the sparkling surface. Now close your eyes and imagine the smells, the breezy sense of humidity that the rain leaves behind. And this was happening in the midst of a seven-year drought where California was beginning to see lakes dry out, (Perris Reservoir) and dams reach their lowest levels ever (Diamond Valley Lake).
El viejo Vosburg y el crucero de los cinco puntos
“Debió dejar caídos
sus pequeños orgullos
y elevar con hombres una cúpula,
erigir entre todos
el orden
y compartir la sencillez metálica
de las inexorables estructuras.”
Oda al Edificio de Pablo Neruda
La octogenaria Betty Jo Dunham, directora del Museo de la Sociedad Histórica, que creció en el cuadro principal de la ciudad, me acompañó en 2015 al crucero en forma de estrella, que los lugareños motejan, los cinco puntos, donde confluyen el bulevar Ramona, la avenida San Jacinto y la calle Main. Me señaló su casa paterna, todavía en pie, y fuimos juntas hasta el borde más estrecho del cascarón abandonado de lo que fuera el hotel Vosburg, pieza central de San Jacinto, donde pude ver de cerca la recepción, aunque ya sin su mostrador de madera y su campana. El trazo de las calles, dispuesto para sitios glamorosos como L’Etoile de París, atrapó a la estructura desnuda, de isla e imán de todas las miradas.
En la pared lateral de la farmacia Rexall, en la contra esquina oeste, la alcaldía instaló en 1988, murales del centro antiguo. El gesto celebraba los cien años de la ciudad, ignorando tanto su pasado mexicano como la herencia de los Cahuillas, sus primeros habitantes. Las imágenes, que habían perdido su color, parecían reflejar las construcciones victorianas reales, deslavadas y ruinosas. Y, contiguos a la farmacia, eternizada en la película Lassie, una licorería y un mercado de productos mexicanos ejemplificaban los nuevos aires de la zona, hoy habitada por hispanos que compensan el éxodo de las poblaciones blancas que se fueron a los suburbios y a otros estados.
José Gómez, me sorprendió, mientras observábamos ambos los muros exteriores, de espaldas a las montañas, sobre la vía exprés, donde los coches transitan como ráfagas.
-Aquí espantan, me advirtió lacónico.
Pero no se refería a la criminalidad de la zona, sino a presencias que juró ver atravesar las tapias. Escéptica, me escuché comentar, para salir del tema, “si tuviera un millón de dólares restauraría este edificio.” Creí que no me oyó, por la estela ruidosa de un camión que nos dejó aturdidos, pero luego de una risita que no pudo contener, declaró,
-Si yo tuviera un millón de dólares, me iría para siempre de San Jacinto.
El último comprador del histórico predio debió abrigar el sueño de devolverle al Vosburg un poco de su gloria, convirtiéndolo en consultorios, pero la propiedad que dejó a medio restaurar, ahora pintada de gris, no despertó entusiasmo entre quienes se irían, como José, si tuvieran los medios.
La sociedad histórica conserva el letrero de neón que eternizó, en postales y películas, la fachada iluminada de sus años boyantes. Colecciona, también, detalles como bisagras, aldabas, manijas y trozos de moldura de los porches, que dan fe de su estilo y “sus pequeños orgullos”. Y cada vez son menos los viejos que, como Dunham, rememoran el crujir de sus blancos almidonados, las chimeneas humeantes y los cómodos sillones de cuero.
La familia inglesa capitaneada por Thomas y Jane Farmer llegó a San Jacinto en su primer tren, en 1888, cuando la población de la ciudad no alcanzaba los 800 habitantes. No bien pisaron el anden conocieron las tolvaneras con que los vientos Santa Anna golpean al chaparral, especialmente en septiembre, el mes de su llegada y uno de los más calurosos del año, con temperaturas que alcanzan los 100 grados. Su enganchador, hermano de Thomas, los había engañado.
El que fuera en sus orígenes Farmer House, más que negocio familiar fue su salvavidas. Annie, hija de Farmer, casada luego con otro inmigrante recién llegado, William Vosburg, decoró los cuartos y el vestíbulo; Jane dirigía la cocina y el servicio y Thomas ofrecía su carruaje de caballos, a pasajeros de la estación, algunos de los cuales se quedaron, de camareros o botones. La modesta empresa, los libró a todos del arado de huertos que, dependientes del agua de pozos artesianos, con raras y extremosas lluvias, se daban con dificultad.
Fue el apogeo del tren, aunque breve, sostenido por el turismo de las aguas termales, su verdadera oportunidad, pese a que no supieron prever que mejores carreteras y vehículos volverían innecesarias las paradas entre Los Ángeles y Palm Springs. Para 1975, cuando los hijos de los Vosburg dejaron el ramo hotelero y el valle, el establecimiento contaba con 54 cuartos, pero se sostenía, apenas, del escaso público local que se daba cita en el café. Por esos años la población no superaba los 5000 habitantes.
El viejo inmueble victoriano, simboliza la historia del San Jacinto estadounidense; la administración citadina lo compró, justo antes de la pandemia de 2020, pero no acaba de convencer al cabildo de habilitar ese emblema de la historia local, vacío desde hace treinta años. Y los últimos testigos de esa historia ven desmoronarse, como el emplaste de cal de los plafones, su propia vida.
Los arquitectos del estilo victoriano imaginaron una época en que las casas fueran móviles, las estructuras ligeras, los cimientos desmontables. Tal vez el Vosburg debió caer, al igual que otros edificios sacudidos o vueltos cenizas, por terremotos e incendios, al tiempo en que perdió, inexorable, su gloria, su atractivo y sus afectos.
¿Quién recuerda los tiempos de las cámaras de rollo?
Murray Gutman mantiene su negocio de reparaciones en el antiguo centro de Temécula. Podría decirse que más que una tienda, Bev-Ray Camera Sales and Repair —ventas y reparaciones— es un museo de la fotografía. El nombre de la tienda viene del compuesto de los nombres de Gutman y de su esposa Beverly. Pero Gutman no solo vende y repara, también intercambia equipo e informa a museos y fotógrafos de todos los pormenores del oficio y de su historia.
Las cámaras en los anaqueles no parecen organizadas, a primera vista, pero el propio Murray ofrece las conexiones necesarias a través de anécdotas y recuerdos. Al escuchar la pregunta de en qué año surgió la primera cámara, con gran facilidad Murray toma una enciclopedia, perfectamente cuidada, y enseña, en la página 971, la foto del daguerrotipo de Voigtlander, de 1840.
A pocos pasos del mostrador principal, Murray apunta a una caja que toma en sus
manos. Es su primera cámara, de 1945. “La compré en Nueva York, a los 13 años, y todavía tiene su caja y su manual”, comparte emocionado. Se trata de una Brownie Reflex Synchro, del modelo americano, con el reflector de flash integrado.
En otra vidriera una cámara Haselblad ocupa el sitio principal, con su lente Carl Zeiss y la correa de cuero original, muy bien acomodados. Murray acaba de alertar que en esa vidriera están las joyas del lugar. Una Leica anima de nuevo a este experto en cámaras que se detiene en cada una, compartiendo generoso su conocimiento de especialista.
“Los lentes de Zeiss llevaban su firma por ser los mejores”, señala Murray al tiempo en que enciende una pequeña lamparita con que se ayuda para ubicar el año de manufactura.
Zeiss mantuvo hasta su muerte en 1888 su compañía de lentes e instrumentos de óptica.
Lentes, moviolas, proyectores, equipos de luz, correas, estuches, todo y de todas las épocas de la fotografía encuentra sitio en el local de Murray, donde el espacio de reparaciones
consta de un escritorio y un montón de cámaras. Ahí se puede ver lo mismo cámaras abiertas,
en reparación, que instrumentos complejos que sirven para el trabajo a mano, preciso y minucioso, que requiere un lente. O cada uno de los aparatos y accesorios que conforman el universo de la fotografía.
Una clienta consulta a Murray acerca del precio de una cámara, para su hija que es fotógrafa. Se trata de Kathie Rost, residente de Temécula y camarógrafa. Rost trabajó 17 años para CNN, en Atlanta, desde 1983 y hasta su retiro. Se detiene a mirar una cámara brownie de 1939 y otra, del formato súper ocho, de cine, de la marca Paillard, Bolex.
“Mi favorita, aunque no sea la mejor cámara que hay aquí, es ésta”, comparte Rost, levantando la polaroid que acaba de recordarle su primer encuentro con la foto.
En uno de los anaqueles más altos un montón de Brownies, colocadas unas sobre otras, representan su época con garbo. Murray aclara que en California eran muy populares Las brownies eran las cámaras instantáneas de los años 30, fabricadas por Kodak. Venían con un manual que explicaba, paso a paso, como tomar fotografías, en dónde debía estar el sol y a qué distancia del objetivo tomado colocarse. “En el anuncio decían tomar fotos es fácil”, dice Murray.
Este taller de Murray parece cosa de otros tiempos, en estos en que ya casi nadie repara nada. Además, la mayoría de las cámaras que lucen estos anaqueles pertenecen al tiempo ido en que se usaba rollos. Pero Murray no se ha quedado atrás, conoce al dedillo las cámaras digitales, las nuevas técnicas y los pormenores de los equipos de hoy.
De pie, junto a una Brownie Six 16, nombrada así por el tipo de rollo que ocupaba, comparte nostálgico que sería muy costoso el rollo, si es que pudiera conseguirse.
El negocio de Murray es tanto para expertos como para novatos. Su disposición y su conversación derrochan amabilidad. Y, tome el tiempo que tome, Murray va de un lado al otro revelando a sus clientes el mundo mágico de la fotografía; tomando el tiempo necesario para compartir algo de su oficio, como abrir una cámara de antes, tarea que no es nada sencilla, si tomas en cuenta que se trataba de un paso crucial que fotógrafos y aficionados tenían que hacer en la más perfecta oscuridad, para no velar el rollo.
Cierre. Bev Ray Camera, ya no existe. Al poco tiempo de que escribí esta crónica el local de Murray Gutman lucía vacío, en alquiler. Me enteré de que había fallecido. Quizás fui una de las últimas visitantes de este paradigmático sitio que desapareció con su dueño, quien en vida no compitió con las novedades digitales ni con los últimos inventos en el campo fotográfico. Y se quedó pendiente mi regreso, en el que prometí llevar a limpiar mi cámara, con este experto. El punto que ocupó este museo informal de la fotografía fue el 28464 de la calle Front, junto al puesto de la Psíquica. No me quedé con las manos vacías, en aquella ocasión compré una Brownie, del tiempo de mis abuelas y recibí, regalo de la casa, una cámara de cine que, según Gutman, funcionaba a la perfección, pese a que ya era casi imposible conseguir los rollos super 8 que utilizaba. Estas dos piezas de museo dieron inicio a mi colección de cámaras que se ha incrementado de los modelos que dejé de utilizar, en la carrera de los megapíxeles que es hoy la fotografía digital. Y, claro, casi todo el tiempo utilizo mi teléfono que, en realidad, es una cámara que te permite hacer llamadas.
Las campanas del Camino Real
Esta campana forma parte de una serie de postales realizadas para compartir los símbolos de la California actual. El título de la serie “Wish you were here” (igual que el proyecto que convocó a realizar estas postales, con el que yo participé como miembro de San Diego Book Arts..
Una campana protagoniza esta crónica, simbolizando el emporio que para ella y su esposo ideó la señora Rebecca Forbes, al interpretar este icono de la historia de California a su manera y, sobre todo, a su conveniencia.
José Martínez, trabajador de la ciudad de Temécula, acarrea tierra justo al pie de la campana que luce la inscripción, en español, El Camino Real, frente al Temecula Valley Museum. “Es solo un adorno del museo,” responde Martínez a nuestras preguntas, pero confiesa que no sabe bien lo que significa. Uno de sus compañeros apura “es antigua, tal vez vino de una iglesia” y, otro más tercia , “no sé qué es eso de Camino Real”.
En el interior del museo, Steve Williamson cuenta que ha visto el recibo de compra en donde consta que se trata de “una replica” ordenada a la compañía que fundió las campanas originales, California Bell Company. Williamson subraya que fue donada por el Women’s Club, pues la idea original de colocarlas para marcar la ruta de El Camino Real es de la señora Harrye Rebecca Forbes, miembro de la Sociedad Histórica y de dos clubes de mujeres, The Native Daughters of the American West (Las hijas nativas del oeste americano) y California Federation of Women’s Clubs (la federación de Clubes de Mujeres de California), agrupaciones que la apoyan en su cometido.
Forbes, esposa de un forjador de hierro, hizo colocar 450 campanas sobre el camino costero entre San Diego y Sonoma. El propósito que inspiraba a Forbes era marcar la ruta de los frailes hacia el norte, al tiempo en que fundaban las 21 misiones, separadas de un día de camino a pie, una de la otra. En las campanas originales aparecen las fechas de 1769, año en que se funda la primera misión en San Diego y 1906, fecha de colocación del primer cencerro, tal y como se lo imaginó Forbes. Las campanas de Forbes simbolizan también el renacimiento del estilo misionero en la arquitectura y de la reinterpretación de la historia de California en las primeras décadas del siglo veinte.
Con el tiempo y el descuido muchas de las campanas originales desaparecieron, pero no la persistencia, tanto de compañías privadas como del gobierno estatal, de mantenerlas en pie.
John Kolstad, dueño de la fundidora y el molde tomado del original, indicó que la orden más reciente del estado es de treinta y siete campanas para el condado de Marín, en el tramo del puente de San Francisco a Sonoma. Con generosidad y buenísima memoria Kolstad cuenta que se producen 585 campanas entre 2004 y 2012 y comparte que se funden muchas más. “En Riverside las solicitan con frecuencia para adornar ranchos y casas,” agrega.
Los mitos que rodean el trazo de El Camino Real son muchos y la locura de colocar campanas, que cumple este año 107, es digna de notar. En realidad, de acuerdo con la definición del diccionario, las diseñadas por Forbes no son campanas, pues no tienen badajo para sonar. Tal vez por eso algunas de las que se fabrican hoy en la fundidora del señor Kolstad vienen con luz, para volverlas más prácticas y útiles.
Muchas de las campanas han quedado lejos de las misiones, o del camino hacia ellas y la primera de la hilera se encuentra no en los terrenos de la misión, sino en el estacionamiento del estadio Qualcomm, como nos confirma Penny Buckler, voluntaria de la misión San Diego de Alcalá.
De hecho, sería muy confuso para cualquier visitante o residente de California, con poca información, distinguir entre las campanas originales y sus réplicas, puesto que la mayoría han sido fundidas por la misma compañía y los mismos moldes, según refirió el propio señor Kolstad, tan entusiasta como Forbes en mantener viva la tarea.
Tampoco es posible concluir que el camino de los frailes misioneros pudiera haber tocado Riverside, puesto que las misiones más cercanas se encuentran muy lejos de Temécula, su límite más al oeste; a 28 millas, San Luis Rey de Francia; a 50 millas, San Juan Capistrano; a 86 millas, San Gabriel Arcángel.
Otra versión de la campana de El Camino Real, serie de postales realizadas como parte del proyecto “Wish you were here” en el que participé como miembro de San Diego Book Arts..
Hoy, la producción de campanas, idénticas a las ideadas por la señora Forbes, constituye un negocio muy lucrativo, pues las campanas varían en precio de entre dos mil y tres mil dólares en el tamaño original, dependiendo de la pátina o las palabras que el comprador quiera agregar.
Asimismo, por un efecto inverso jamás imaginado por Forbes, réplicas idénticas forman ya parte de la oferta de los artículos en venta en las tiendas de las misiones, donde se sabe que los frailes no usaron ese método para marcar su camino. Y como el robo y la imitación de estos monumentos es tan común, sería imposible contar el número de réplicas que existen en todo California y que aparecen a la venta, incluso en E Bay, como se cuenta que ocurrió con la campana restituida ya durante el siglo XXI, a la ciudad de Oceanside.
En español se dice “dar vuelo a las campanas” cuando se ponen todas a sonar, algo que en un pueblo que tenga muchas resulta espectacular, pero que jamás pasaría en California pese al impresionante número de ellas, pues como ya se dijo, no tienen badajo. Sin embargo, la expresión “darse vuelo” o “volarse” significa exagerar o actuar con demasiada libertad, tal y como lo hizo la señora Forbes en la tarea de colocar campanas.
Crónica y fotografía de María Dolores Bolívar. Toda reproducción de estos materiales está prohibida, salvo mediante autorización solicitada antes de su publicación.
Book Arts
Hay una parte del cerebro que se conecta directamente con nuestras manos. Si las dejas hacer ellas trazan, cortan, tallan, moldean, imprimen./ Book Arts. Making books with your hands is the most therapeutic of arts. Books are the medium to tell stories. The minute you put the pages together and select the design, the binding style, the covers it is because you already have a story to tell.
Miniature books to demonstrate the different structures to build.
A book is a miracle of meaning and creativity. I make books from scratch, that is from fiber to page, and to the design of pages, covers and binding.
Part two entails defining what to fill your book with.
What story do you want to tell? Have you heard the medium is the story? Books are sophisticated containers. What’s in them? Our memories, our stories.
Wish You Were Here - The Postcard
The project “Wish you were here” (WYWH) was possible thanks to the stay home orders that brought us all to a new form of socialization via Zoom. WYWH involved seven organizations devoted to book arts and paper and print related arts, to include Bay Area Book Artists, New England Book Artists, Santa Fe Book Arts Group, North Redwoods Book Arts Guild, Puget Sound Book Artists, PaperWorks, and San Diego Book Arts.. Through carefully organized phases, we created and swaped postcards in groups of 16 participants each. I was in two groups, and I created 16 original postcards made of hand carved prints over ink oxide, enhanced with gouache. My theme was what you would see if you were in La Jolla, my coastal community. I depicted the flora, the architecture, and, of course, the Pacific. Here are the postcards:
Wish You Were Here - The Books
As this wonderful assignment evolved, I was in charge of creating two books, for the two teams I signed up to participate with, Group 2 and Group 4. My team mates were really inspiring, meeting online, conducting various workshops, gathering generously so we could all learn from each other and round up our assignment from the postcard swap to the creation of a book with the postcards received.
Summing up the two phases of the project and looking back at all the workshops I made available to me, joining San Diego Book Arts has been the best decision ever made in my life. I have found through my participation with this association many artists with whom to engage in meaningful dialogue and to grow in the field of Book Arts. Here are my contributions.






The carved stamps
To carve a stamp helps you use the same design or drawing more than one time. I love carving. It is a therapeutic way to create your own tool to reproduce an idea. Here are the stamps I created recently to do postcards.
Crafting Histories - Craft Contemporary Museum of Los Angeles
Crafting Histories was made possible by funding from Aroha Philanthropies. To me, as a participant, it was an opportunity to interact with other book artists while staying home during the Pandemic. This workshop focused on telling stories while using books as the medium. It was nice to share in this experience with valuable artists such as Penina Finger, Odilia Galvan, Jimmie Carole Fife, and Mitch Chen, among others. Their endless creativity was an inspiration to the group and to every individual in it. Here is a link to the page created by Craft Contermporary, and here some samples of my contributions.
Pride Mail Project - Fluxfest.net
In 2019 I created a series of postcards based on the border and my visits to several border crossing points, from San Ysidro to Brownsville, and from 2010-2011. I completed the series to participate in the exhibition Fluxfest.net where the theme was “diversity.”. These postcards try to depict the confluence of gender, nation and diversity. I used photography and captions to go from vantage point to the definition of self and testimony. Part of this work focuses on the self through self portraiture and humor. Follow this link to the Fluxusfest.net And here are my postcards.
Madrecitas 2016. Fallbrook Public Library
Madrecitas is a small format art exhibition originating in the Mexicali/Calexico area. In 2015 I contributed my collection of miniature hats to Madrecitas. This year I had revamped my miniature book collection, first appearing as part of my Museum in a Box piece, selected to participate in the Student Art Exhibit at the Mesa College Gallery, where I was getting my Museum Studies Certificate, in 2009-2010. So the collection travelled to the “Madrecitas” Fallbrook show, that year curated by artist Daniel Márquez.
The Interview/Entrevistas
Mis entrevistas con él son mi tesoro, el recuerdo de encuentros destinados a perdurar./ The year 2000 I was working as a journalist, writing an average of 1200 words per day. I was able to interview artists, writers, intellectuals. This is the year to harvest. Many of those friends I had the fortune to meet are gone. The Pandemic took many of them. My cue to build this site.
Zacatecas, 1999. with Augusto Monterroso.
How did 1999 become such a far-away date?
The year 2000 I traveled to Zacatecas. I convinced myself that being in Mexico for the entre siècle was the thing to do. Don’t ask me how I ended up celebrating the date at my roof top, looking mesmerized at the fireworks (I hate), and wishing I was back in the States, siping a glass of French Champagne.
I was working as a journalist, at the time, writing an average of 1200 words per day. I guess that was my ticket to moderate a workshop on creative writing where the main guest was Tito Monterroso, a well known writer, perhaps the only one similar in stature to Jorge Luis Borges. Peculiarly enough, he was there to listen to local writers, rather than to share his fabulous writing with them.
His sense of humor, his endless creativity and social spark made that otherwise odd activity one of the most pleasant experiences in my life. Monterroso and I were there to listen to a group of about 25 to 30 new writers who picked their best stories to share. It was not all as painful as embarrassing. I thought a better use of Monterroso’s time would have been for us to listen to his stories, or at least to his suggestions on how to write better.
The best moment of the night came after that long journey. I had a conversation with Monterroso and Barbara Jacobs, today his widow, and we just talked and talked, for a long time.
I had met Monterroso in Mexico City, at the house of our dear friend Elena Urrutia. I was late for our lunch meeting, as my taxi driver took a long route. When I came in, I was sweaty and nervous. I shook his hand and introduced myself as María Dolores Bolívar. “José San Martín” he replied. Once I sat down, Elena asked him… “Who did you say you are, Tito”… He said. “I felt my last name was not good enough for someone named Bolívar. And that opening line marked our new friendship.
Monterroso passed away on February of 2003. That year I was already back in San Diego. I remember the time spent in Zacatecas with great joy. This picture you see captures the moment and the joy, no doubt about it. I do not know who was the photographer, but I will be forever grateful for the wonderful pic.